sábado, 16 de septiembre de 2017

IRONMAN 70.3 WORLD CHAMPIONSHIPS: Lo que pudo ser y no fue

Voy a intentar elegir bien las palabras para narrar el capítulo principal de este “libro’ que, bajo el título de “Ironman 70.3 World Championships” lleva gestándose más de dos meses.

La aventura del viaje a Chattanooga (Tennessee, USA) nació allá por el mes de junio de 2016. Unos meses antes de ir de estancia de doctorado a Santa Cruz de California, mi compañero de trabajo y amigo, Borja Reguero, me “lio” para cruzar el charco acompañado de mi bici y competir en el Ironman 70.3 de Santa Cruz. Por aquel entonces acababa de debutar en triatlones de media distancia en el Campeonato de España, en Valencia, donde termine la carrera arrastrándome y de casualidad. Repetir distancia y, encima, en América, era poco más que un desafío y una prueba de superación para mí. Preparé con mimo la carrera californiana y competí sin agobios, sin presión y sabiendo que cada metro de recorrido hacia meta era un metro más de premio. Y así, sin más, casi sin pensarlo, gané a todos los grupos de edad y me “cayó” uno de los slots que la franquicia Ironman daba en esta prueba para competir en el Campeonato del Mundo del año siguiente, en Chattanooga, Tennessee.

Cartel de la prueba del Mundial de Ironman 70.3 2017
Ahora que os he recordado un poco los orígenes del Mundial, vamos a contar el periodo de gestación y el “parto” final. Había pasado un año desde que cruzara la meta en Santa Cruz; un año de cambios, orientado a los Triatlones de Media Distancia y en el que el Mundial Ironman 70.3 iba a suponer el sexto Medio Ironman de la temporada, tras Orihuela, Pamplona, Madrid, Valencia y Buelna. ¡Casi nada! Durante Julio y Agosto me centré exclusivamente en ponerme lo más burro posible para el día 10 de Septiembre. Creo que nunca hice una preparación tan focalizada y tan exhaustiva para una carrera. Por un lado, tuvo una parte muy buena, que fue la facilidad para planificar ordenadamente todas las cargas de trabajo y optimizar los descansos. Pero, por otro lado, reconozco que el periodo de preparación llegó a superarme y a agobiarme un poco. Siempre he rendido bien cuando compito mucho y cuando veo motivaciones a corto plazo. La falta de costumbre de preparar objetivos concretos tan a largo plazo hizo que los dos meses de preparación fueran eternos, y experimenté en carne propia lo duro que puede ser centrarse una única prueba. Aun así, con las competiciones intermedias de Getxo y Buelna, conseguí repuntar esos bajones de estado de ánimo y llegar a la puesta a punto de las últimas tres semanas en un estado de forma que no recuerdo haber tenido nunca.
Como fui contando todo este tiempo, desde que aterricé en USA, 10 días antes de la carrera, las sensaciones eran inmejorables. Me sentía fuerte, ligero, con muchas ganas, y lo que es mejor, confiado de poder hacer algo bueno en este mundial.

Y llegó el día.

Ese 10 de septiembre con el que tanto tiempo llevaba soñando amaneció despejado y con una temperatura perfecta para correr. Eran las 6 de la mañana cuando sonó el despertador. Salté de la cama como un resorte, ansioso, más que nervioso. Ansioso por todo el tiempo que llevaba esperando este momento y sin nervios, porque sabía que tenía la llave de la puerta a hacer algo grande. No me marqué ningún puesto como objetivo concreto, porque competir contra más de 200 chavales de tu grupo de edad de todo el mundo que no conoces, hace que sea un poco atrevido hacer cuentas. Además, según me habían dicho, en mi categoría (de 25 a 29 años) había un grupo de ellos que eran profesionales, que están concentrados en Boulder (Colorado) y solo se dedican al Triatlón. Lógicamente y en condiciones normales, gente buena y, además, con plena dedicación debería pasarme por encima, pero como digo siempre, las carreras terminan en el kilómetro 21 de la Carrera a pie, y hasta que no se cruce la meta no se puede dar nada por perdido.

4500 bicis son muchas bicis. Esto sí es un laberinto y no el de Villapresente.
Camino de boxes, donde habíamos dejado las bicis el día anterior, uno se da cuenta de lo que mueve este tipo de carreras. Mas de 3000 tíos iban a tomar la salida en el Mundial, desde los 50 Pros, que lo harían a las 7:30 am, hasta la última salida prevista a las 9:30 am, para el grupo de edad de 40 a 44 años, nada más y nada menos que 3000 triatletas masculinos. Mis dudas tenia de si era posible gestionar una carrera sin drafting con tanta gente, aun saliendo de forma secuencial, pero la duda quedó resuelta y tiene una respuesta clara y contundente: NO. 

Por mucho que se llame “Ironman”, por mucho que tenga un prestigio y por mucho que goce con la fidelidad de tanta gente, no deja de ser una franquicia, es decir un negocio. Y antes de mirar por el bien de la competición, miran por el bien de su bolsillo. No soy el más indicado para criticar a la marca “Ironman”, pues he aceptado formar parte del circo. De hecho, admito que hacen casi todo bien y por eso somos tantos los que estamos dispuestos a nos dejamos medio sueldo para correr sus carreras. Pero en concreto, pretender meter a 3000 personas en un Mundial sin drafting, NO ES VIABLE. 

Volviendo a la mañana de Carrera, a las 7:00 am entré en boxes, y puse a punto la bici, inflando ruedas y colocando la comida que iba a llevar en este segmento. Como siempre hago, llevaba la estrategia de alimentación bien planeada. El sector ciclista tenía 4 puntos de avituallamiento con bebida isotónica y me parecía innecesario llevar un bidón lleno con ese tipo de bebida. Más aun cuando a los 8 kilómetros de empezar hay que subir un puerto de 5 km al 6% en el que cada gramo de más es lastre. Así que salí con lo justo y necesario: una cantimplora con 4 geles de Keepgoing mezclados, dos con cafeína y dos sin cafeína (me gustan mucho estos geles por lo líquidos que son y lo fácil que los asimilo) y un bidón con 50 g de Triforza de Keepgoing con medio litro de agua (el Triforza es una mezcla de hidratos de carbono de distinta velocidad de absorción que suelo empezar a tomar en el km 50, y tambien me resulta muy facil de digerir y muy tolerable para el estómago). Cuento esto porque vi que durante la prueba, y con las grabaciones en directo que hizo mi campanero del Bender Edu, hubo algún debate sobre por qué salia con los portabidones vacíos en el segmento ciclista. 

Con todo a punto y el cuerpo preparado para la batalla, me fui a un sitio tranquilo durante la hora y media que faltaba hasta el inicio de mi carrera. Me tocaba salir a las 9:04 am, en la antepenúltima tanda. El formato de salida era el conocido como “Rolling Start”, que consiste en dar salida en grupos de 10 triatletas cada 15 segundos, empezando a contar el tiempo desde el momento que pasas por la célula del chip. Este sistema tiene como objetivo evitar las salidas apelotonadas y permitir que haya espacio entre triatletas en la bici, pero no creo que esto último se consiga de esta forma. La desventaja que veo es que en ningún momento de carrera sabes si el triatleta con el que estas compitiendo cuerpo a cuerpo ha salido antes o después que tú, por lo que es un lío y te obliga a darlo todo hasta el final, por si acaso…

En fila y ordenados en el pantalán. Momentos previos a la "boooomba"
Veinte minutos antes de la salida de mi tanda entré en la zona de cámara de llamadas. Gorro blanco para mi grupo de edad y neopreno. ¡Oh! ¡Bendito neopreno! Llevábamos una semana con la temperatura del agua por encima del límite de permisividad de neopreno (24,5 grados) y por primera vez en los 10 días que estuve en Chattanooga, la temperatura del rio Tennessee había bajado de ese umbral. Para mí supone una gran ayuda nadar con él.
Los casi 300 muchachos de entre 25 y 29 años fuimos colocándonos en el pasillo de acceso al pantalán desde donde se daba la salida. Como sardinas enlatadas esperamos nuestra hora y, por fin, empezamos a avanzar hacia el borde de la estructura flotante. Me coloqué aproximadamente en la décima fila y fui viendo, con tensión, como los rivales que me precedían se tiraban al agua. Casi todos lo hacían de cabeza, pero allí estaba yo para dejar mi huella. Diez pitidos cortos y uno largo precedían a la apertura de puertas. 

El triatlón es un deporte minoritario... ¿o no?
¡BOOOOOOOOMBAAAAAAA! Me tiré a las templadas aguas del rio Tennessee fiel a mi estilo y con el mayor impulso posible. Los duros entrenos de lanzamiento en bomba en la piscina de Marisma y en la de la urbanización de Pepín dieron sus frutos. De hecho, fui, de los 10 que nos tiramos a la vez, el que más lejos llegó de todos; y cuando me puse a nadar iba el primero del grupo… ¿A ver si después de ver esto, Noya lo empieza a aplicar en las Series Mundiales?? Por cierto, oí comentar a mi amigo Julen (7º del Mundo en el GE 18-24) que se iba a tirar en modo “palillo”, para ver si tocaba fondo… ¿lo habrá hecho al final? 😉

¡A remar!
Fuera de bromas, lo que nos esperaba en las siguientes cuatro horas eran tres segmentos durísimos, mucho más de lo normal en un Campeonato del Mundo. Para empezar, en la natación debíamos remontar 850 metros de río contra corriente. Los días previos, entrenando en ese mismo lugar, pude testar yo mismo lo poco que se avanzaba río arriba. Tras los 1900 metros totales de natación, cogíamos la bici y teníamos un recorrido de 91 kilómetros a una vuelta en la que se iba hacia el Sur de Chattanooga, entrando en el estado de Georgia. Tras 8 kilómetros iniciales llanos, había que subir un puerto de 5,5 kilómetros al 6% de pendiente media y con rampas de más del 11%, seguido de un rápido descenso y 40 kilómetros finales de repechos cortos rompepiernas, acumulando más de 1000 metros de ascenso. Y para terminar, la carrera a pie tenía un perfil más parecido a un electrocardiograma que a lo que estamos acostumbrados. ¡300 metros de desnivel positivo acumulado! Un constante sube y baja que, a priori, me gustaba, aunque luego resultó ser mi tumba.

Esas "amigas" flotantes, las boyas amarillas ¡qué lejos estábais unas de otras!
Volvemos a la salida de la natación, en la que consigo liderar el grupito de 10 que nos habíamos tirado al agua a la vez. Me coloqué a la derecha del todo, pero el triatleta que estaba a mi lado sin neopreno me adelantó antes de llegar a la primera boya roja. Ese primer largo perpendicular al sentido de la corriente, lo nadamos bastante rápido. Pero fue girar a nuestra derecha para encarar el segundo largo de 850 metros río arriba y empezar la tortura natatoria. Para entonces ya había perdido la referencia de todos los de mi grupo. Me dio la sensación de que la gente estaba nadando muy dispersa y con trayectorias muy distintas ¿quién era el que se estaba orientando mal, yo o el resto? Siempre tengo esa duda cuando nado, y por eso soy de los que levanto mucho la cabeza para redireccionar mi trayectoria hacia la siguiente boya. A contracorriente y con el sol recién salido dándonos de cara, era difícil ir recto. Busqué, sin éxito, unos pies que me sirvieran de referencia, pero la mezcla de triatletas más lentos con otros que venían por detrás pasándome a toda leche, no me permitió encontrar a nadie con quien nadar. Fueron tres los intentos de seguir los pies de ciertos “pececillos” que me adelantaron por mi derecha, pero ¡Imposible! La diferencia de ritmo era demasiado grande y se me iban. Ya resignado y cansado de buscar pies, decidí ir a mi bola, con cadencia de 30 brazadas por minuto y tratando de deslizar lo máximo posible. Las boyas amarillas que la organización dispuso cada 100 metros en este tramo de la prueba ayudaban a orientarse y a tener pequeñas motivaciones a corto plazo. “¡Una boya menos!”, iba pensando mientras me acercaba a la de color rojo, la más alejada de la salida y donde hacíamos el giro para volver a favor de corriente hacia el final de la natación.

Punto más alejado de la natación tras remontar 850 metros río arriba
Con 1000 metros ya en los brazos las sensaciones seguían siendo bastante buenas y no parecía estar notando mucho el esfuerzo. Con lo mal que nado tengo comprobado que voy igual de rápido si hago el movimiento de brazada con delicadeza y deslizando que si meto mucha cadencia y me vuelvo loco. Además, ahorro mucha energía que seguro me va a hacer falta en el resto de la prueba. Tras girar en la boya roja y hacer la diagonal que nos pondría ya de cara a las escaleras para salir del agua, el popurrí de colores de los gorros hacía imposible nadar en línea recta. El color blanco de mi grupo de edad empezó a mezclarse con colores verdes y azules de los más rezagados de los grupos de edad precedentes. Un jaleo en el agua que me hacía pensar en el caos que se iba a vivir en el segmento ciclista. Os recuerdo que mi categoría, de 25 a 29 años, salió en la penúltima tanda, y por delante había más de 2000 participantes… “¡Que Dios nos pille confesaos, porque en bici vamos a tener que “pecar” bastante si queremos hacerlo dignamente!”

Con corriente a favor todos somos Michael Phelps (tramo final del segmento de natación)
Los últimos metros de la natación con la corriente a favor fueron rapidísimos, y casi sin darme cuenta estaba saliendo por las escaleras hacia la primera transición. Mi Garmin me marcó 30’ 20’’ para recorrer casi 2000 metros… Sí, me llevé 100 metros extra de regalo, y por lo que pude ver luego en el mapa de mi trayectoria, no fue mi mejor día en cuanto a orientación. Esos 100 metros de más suponían más de 1 minuto respecto al tiempo que podría haber hecho. No fue una buena natación. El ritmo medio de 1’30”/100m que marqué no estaba al nivel que tengo. Ya hice nataciones de medios Ironman a 1’25”/100. Con ese tiempo salí en el puesto 70 del agua, a 6’ del primer clasificado… Todo un mundo en un Mundial. Pero, como digo siempre, en carreras de más de 4 horas no se puede dar nada por perdido hasta el último metro.

Pufff ¡Lo que costó llegar a esas escaleras!
Al salir del agua un séquito de voluntarios nos asaltaban, nos tiraban al suelo y nos quitaban el neopreno a una velocidad de vértigo. Yo nunca había visto semejante actuación, pero gracias a que el día anterior corrieron las chicas, estaba al tanto de lo que sucedería nada más salir del agua. 

"¡Bájate la cremallera antes de que te `plaquen´!" A punto de poner en práctica la técnica de la cucaracha
El problema vino cuando al intentar quitarme la manga se me atascó el reloj y, en vez de parar, los voluntarios tiraron tanto que casi me destrozan el neopreno y además hicieron que el “atasque” fuera mayor. A grito de ¡STOOOOOP! Conseguí que pararan, para ser yo mismo quien me quitara esa manga. Tardé casi un minuto en despojarme del neopreno… ¡Qué desastre! Cuando lo hice pude correr hacia mi bolsa de la T1 y subir la rampa rumbo a las sillas donde nos íbamos a cambiar. 

La que estamos liando... no me sale una T1 decente ni aunque lo intente
Sentado, me coloqué el casco, puse calcetines, metí las gafas el gorro y el neopreno en la bolsa, pegué un trago de Isotónico de Keepgoing (recordad que en bici iba a ir sin isotónico y con los portabidones traseros vacíos) y me fui a por mi Orbea Ordu que estaba colocada, tal y como la dejé, en medio de los cientos de bicis que aún quedaban en la T1.

"Id tirando que ahora voy yo"... sigo con caraja al salir del agua
Salí de boxes dispuesto a desquitarme de la regulera natación y la pésima transición, que me hizo comenzar el segmento ciclista en el puesto 77, a 7’ del primer clasificado. Tardé 1’ más que la media de competidores de mi grupo de edad, por culpa del imprevisto a la hora de quitar el neopreno. Otro minuto regalado, y ya iban dos…

Empieza la fiesta... si lo sé me compro un claxon
Me subí a mi montura, decorada de amarillo flúor para la ocasión (por gentileza de Zero Grados Biomechanics of Cycling), y pronto me di cuenta de que los 91 kilómetros ciclistas serían poco más que un suicidio. Salimos de Chattanooga por un carril estrecho donde solo cabían dos bicis en paralelo, y allí circulábamos a la vez triatletas de mi grupo de edad, con triatletas más lentos de otros grupos, produciéndose en este primer tramo situaciones de verdadero peligro. Si el año pasado en el Ironman 70.3 de Santa Cruz me quedé afónico de gritar “¡LEEEEEEEEEFT!” durante toda la carrera, en el Mundial íbamos por el mismo camino.

Con lo justo para los 9qkm. Cualquier gramito pesa
Me conocía el circuito como la palma de mi mano y sabía cómo gestionarme en todo él, pero a veces las circunstancias de carrera te hacen cambiar cosas, y en este caso se dio una circunstancia muy curiosa que me hizo cambiar el plan y calentarme más de lo previsto en los 8 kilómetros de aproximación al puerto.

Jeremy Stagg, un triatleta americano de mi grupo de edad y con el que había coincidido en el Ironman de Santa Cruz (fue tercero), salió en bici 100 metros por delante de mí. En ese momento no lo reconocí, pero algo me decía que aquel chaval que había cogido la bici poco antes que yo sería una buena referencia. Las primeras pedaladas detrás suyo fueron agónicas ¡Qué manera de rodar! Además, íbamos jugándonos un poco el tipo en zigzag entre la gente que iba muchísimo más despacio que nosotros. “¿de qué me suena esa forma de pedalear?” iba pensando. Pero no había manera de asociarlo a aquel chico que en el kilómetro 10 de bici del Ironman de Santa Cruz me quitó las pegatinas y me dijo “Hasta luego” sin despeinarse. Inocente de mí, traté de no perderle de vista, pero se metía mucha gente por el medio y poco antes de empezar el puerto lo perdí. 

Subida a las Lookout Mountains. ¡Cómo pican las patitas!
La calentada del día hizo que llegase al inicio de la subida con las piernas echando humo… “¿y ahora cómo hacemos?” La solución fue poner el plato pequeño y piñón de 28 dientes (¡oh, bendito piñón de 28 que tan reacio era a llevarte conmigo, me libraste de una buena `clavada´!). El primer tramo de subida consistía en 3 kilómetros al 10% de media sin descanso, por un bosquecito sombrío y muy chulo, camino de las “Lookout Mountains”. Unos desniveles demasiado duros para las pesadas cabras que llevábamos, y eso se notaba. A pesar de ir un poco justo de fuerzas, seguía adelantando gente sin parar, y muchos de ellos rivales directos, de mi grupo de edad. A los dos kilómetros de subida entramos en el estado de Georgia, pero las rampas no entendían límites geográficos y seguían siendo igual de duras. Por suerte, la trabada de piernas del principio se me había pasado y pude subir hasta el descansillo del kilómetro 3 bastante suelto. Ese falso llano con algo de bajada era solo un respiro para los “repechones” de más del 12% finales. 

Sacando watios de donde se puede...
Pero me vino bien el descanso, porque en esas últimas rampas y antes de coronar, había pasado, entre otros a Jeremy Stagg, llegando al final de la subida en el puesto 52 a 5 minutos y 10 segundos de cabeza de carrera ¡Había recortado ya 2 minutos y avanzado 25 posiciones! El plan “remontada” estaba en marcha y yo me veía con fuerzas y ganas para ejecutarlo. “Empujar, empujar y empujar” no quedaba otra en los 20 kilómetros siguientes, en los que, tras una bajada con toboganes, teníamos que subir dos “trampas” en forma de repechos con desniveles que se iban, de nuevo a más del 12%.  Con un avituallamiento de por medio, donde aproveché para pegar dos tragos de isotónico, completé, bregando en solitario, esos 20 kilometrillos hasta justo antes de tirarnos carretera abajo y perder toda la altitud que habíamos ganado hasta entonces. Era el kilómetro 40 aproximadamente, y me había colocado en el puesto 49, a 6’ de cabeza. Un liderato que había pasado de estar en manos de nadadores a estar en manos de ciclistas, por lo que mantener las diferencias a partir de entonces iba a ser complicado. Aun así, las piernas iban, ¡y cómo iban! Estaban transmitiendo las sensaciones de todo lo entrenado estos dos meses y creo que le iba sacando partido. Alberto y Xavi Tijero, los otros dos españoles de mi categoría que me precedían estaban cada vez más cerca, lo cual era buena señal, porque no van nada mal en bici e ir recortando era sinónimo de que me estaba saliendo un buen segmento. Aun así, si quería bajarme a correr con opciones de pódium (5 primeros) todavía tocaba bregar mucho, mucho, muchiiiiiisimo. El puesto 49 momentáneo era un poco engañoso y las diferencias de tiempo no eran tan grandes. Con el quinto, por ejemplo, solo había 4’ de margen.

¡Qué bien se va a rueda! ¿verdad?
La siguiente parte de la bici fue la bajada. Seis kilómetros rapidísimos, por una carretera ancha, bien asfaltada y en la que superar los 80 km/h era bastante fácil. No había curvas de frenar y se podía hacer acoplado. De todas formas, el exceso de tráfico hacía peligroso el descenso, y sí que tuve que recurrir al freno por falta de espacio para adelantar. Fue este el único momento de respiro de todo el segmento de bici, porque tras perder en 6 kilómetros toda la altura ganada en los 40 anteriores, tocaba de nuevo ponerse el mono de trabajo y dar pedales. Del kilómetro 50 al 80 estaba la clave de la carrera. Un terreno pestoso, rompepiernas, lento y con un asfalto roto, era el siguiente plato a devorar. Hasta entonces, sin referencias de puestos ni de rivales, tenía la sensación de ir por el buen camino, pero un poco mosqueado, porque no me había encontrado a nadie de mi nivel, más o menos, a quien coger la referencia, por lo que llevaba 50 kilómetros en solitario, luchando por mantener vatios y sensaciones.

Nada, no hay manera de pillar una foto acoplado. Gonzalo, hay que enseñar a los fotógrafos dónde ponerse
Pero fue aproximadamente en el kilómetro 50 cuando sucedió lo que me temía. Ante la pregunta de “¿dónde está la gente?”, respuesta rápida… No me dio tiempo a pensarlo mucho cuando me vi desbordado por un pelotón de unas 30 unidades que me pasó por todos los lados a un ritmo muy superior al que yo iba. Pero ¿qué es esto? .... (bienvenido a la franquicia Ironman, Pelayín). No me podía creer lo que acababa de pasar… Parecía una escapada del Tour de Francia, pero con cabras. No es que no hubiera 12 metros de distancia entre bicis, es que iban, literalmente, tocándose las cornamenta. Ni en las peleas de venados durante la berrea van tan juntos unos cuernos ¡Manda cojones! Además, la situación de peligro que viví cuando todo el grupo me pasó fue bastante desagradable. Medio carril para circular y decenas de bicis pasándome por ambos lados no es plato de buen gusto. Tuve que pararme prácticamente porque me agobié ante la situación. Dejé que el grupo se fuera hacia delante y, como no quería tirar a la basura un mundial por pardillo, cogí la referencia del pelotón del Tour de Francia, apreté un huevo contra otro, y me puse a rodar, con el gancho, detrás de ellos, soñando con que apareciera la moto de los oficiales para repartir justicia. 

Nada, seguimos igual, que a rueda se va muy bien
Ir el último del grupo me permitía gestionar bien la distancia de drafting y, si bien es cierto, y admito, que entre el kilómetro 50 y el 65 hubo muchos momentos en los que me los iba comiendo y estaba a menos de esos 12 metros reglamentarios, siempre procuraba que corriese el aire con mis predecesores. Esos 15 kilómetros de persecución fueron estratosféricos en cuanto a ritmo y peligrosidad. 

Aquí hago un inciso y una reflexión para que todos los que “idolatran” las pruebas de la franquicia Ironman y critican a morir otro tipo de carreras, sepan que no es oro todo lo que reluce, y en este mundial se pusieron de manifiesto muchas carencias organizativas. Primero… ¿cómo en un Mundial con 4500 triatletas no puedes cortar el tráfico en ambos sentidos de circulación, siendo carreteras secundarias las que utilizan para la carrera? Y, asumiendo que no se puede cortar completamente el tráfico (como fue el caso) y que en teoría NUESTRO CARRIL, delimitado con conos y con un ancho de menos de tres metros, era eso, EXCLUSIVAMENTE UN CARRIL PARA LOS CORREDORES, ¿Cómo es posible que en 30 kilómetros haya tenido que adelantar a 12 coches (¡¡SÍ 12 COCHES!!) que iban metidos por dentro de los conos? Esperpéntico, lamentable y PELIGROSÍSIMO. Me quedo corto para describir las situaciones de peligro que se vivieron desde el kilómetro 50 hasta el final… Grupos de decenas de ciclistas de sangre caliente y en plena competición, metidos en una ratonera que encima estaba taponada con coches. Entonces, el “drafting” pasaba a un segundo plano, porque allí no había sitio para tanta gente y tanto obstáculo.

Vuelvo a la carrera porque me enciendo. Como iba diciendo, ir el último del pelotón me permitía gestionar los 12 metros de distancia con el grupo. Y tras mucho desearlo, en el kilómetro 65 llegó la moto, la tan esperada moto de los oficiales. Me empecé a frotar las manos porque se iba a hacer justicia de un momento a otro, y todos los triatletas que habían hecho 65 kilómetros en el “sillón de la reina” serían sancionados con tarjeta azul (5’ de penalización en un Penalty Box).

 ¿Sabéis cuantas tarjetas sacó el juez? NIN-GU-NA…. Sí señores, ni una sola y mísera tarjeta. Fue vergonzoso ver cómo se ponía en paralelo al pelotón, los miraba y no sacaba ninguna… No supe si reír o llorar, porque no entendía que no se sancionara a nadie ante tanta evidencia. 

Lo único bueno fue que la presencia de la moto hizo que el grupo se estirara, se disgregara y esa oportunidad tenía que aprovecharla. Ahora, sabiendo que nos iban controlando y que la velocidad de la gente iba a caer en picado, debía aprovechar para ganar posiciones. Empecé entonces a adelantar y adelantar y adelantar. ¡Qué sensación ver la cara desencajada de todos los que hasta entonces fueron chupando rueda, y la impotencia de no poder seguir haciéndolo! No se había sacado ninguna tarjeta, pero al menos se había metido miedo a la gente, y pude aprovecharlo.

Esta es casi la misma foto que antes, pero había que rellenar la crónica, que luego decis que tiene mucha letra y pocos "dibujos"
El segmento ciclista estaba llegando a su fin, era el kilómetro 82 y ya habíamos entrado en Chattanooga. Tan solo quedaba hacer la circunvalación de la ciudad y llegar a boxes para intentar reventarlo en la Media Maratón. ¡Qué bien iba todo! Puesto 37 a menos de 4’ del quinto y a 5’ del primero. Si me salía una media maratón a mi nivel iba a luchar por el pódium. 

A solo 5 kilómetros de boxes me puse a relajar piernas y a pegar los últimos tragos a los geles y al “Triforza Mixed Berries”, para llegar suelto a la carrera a pie. Y cuando menos me lo imaginaba, cuando ya estaba todo hecho, cuando me frotaba las manos por lo que estaba por venir… viví el episodio más injusto y de más mala suerte  que recuerdo haber tenido en una carrera. En ese momento de relax dos triatletas que me estaban rebasando por la izquierda (lógico, yo iba más despacio mientras bebía) se metieron a la derecha, justo delante de mí, casi tirándome y obligándome a frenar y pegar un pequeño bandazo… Pues bien, esos 5 segundos en los que estuve pegado a ellos fueron suficientes para que el “famoso” juez de la moto, que no quiso sacar ni una sola tarjeta al pelotón de antes, llegase por detrás y sin pensárselo me sacase tarjeta azul “¿¡CÓMO!? ¿¡ESTÁS DE COÑA VERDAD!?” Fueron las palabras que me salieron del alma en español en ese instante y que luego traduje al inglés para que me entendiese. Le pregunté que si era una broma que no tenía gracia, pero me dijo que no, que cuando el pasaba yo iba pegado a los dos de delante y que eso eran 5’ de sanción, a cumplir parándome en el siguiente “Penalty Box”.

 ¡A TOMAR POR EL CULO EL MUNDIAL! ¡Qué injusticia! Me hice los 4 km hasta el “Penalty Box” maldiciendo por lo alto y por lo bajo, completamente fuera de carrera, descentrado y de mala ostia. Me paré en la zona penalización, aun con la esperanza de verla “repleta” de triatletas, pero allí solo estaba yo y dos más. Me tocó pagar los platos rotos de un juez que tenía que pagarla con alguien. Me tocó ser el conejillo de indias y el “pringao” de este Mundial. Dos meses de preparación y un viaje de 10.000 kilómetros para acabar así ¡MANDA COJONES!

Los 5’ de sanción tuve que pasarlos de pie, sin poder moverme, ni estirar ni siquiera rascarme la nariz… No sé lo que dice el reglamento al respecto, pero allí me tuvieron como una estatua. Imaginaos lo que supone pasar de ir a mil pulsaciones a quedarte parado por completo 5’. Me corta el ritmo, enfrío y me quedo rígido. Tras cumplir la sanción llegué a boxes, ya en el puesto 62, a más de 10’ de cabeza de carrera y sin “cabeza” para intentar ninguna proeza.

Elástico como una goma...En fin, a una de estas parto en dos...
Hice la T2 con calma y mientras la hacía empecé a pensar… “¿por qué voy a tirar la toalla con 21 km por delante? ¿cuánta gente está detrás apoyándome y se merecen al menos que luche y termine con una media maratón digna?” Esa reflexión me hizo salir a correr con la intención de olvidarme de lo ocurrido, de pensar que ahí empezaba una nueva carrera y de que tenía tiempo de maquillar un resultado que no reflejaba para nada mi rendimiento. En bici, hasta la sanción, llevaba una media de 38,5 km/h, lo cual hubiera supuesto un tiempo en bici de aproximadamente 2h 20’, con más de 1000 metros de desnivel positivo y 260 vatios medios… Creo que son números para sentirse orgulloso. Ahora tocaba repetir rendimiento en la media maratón. 

Si te da por beber en todos los avituallamientos, pillas una empozada que ni a sidras en San Mateo
Salí fuerte y, aparentemente, las piernas pedían caña. El duro circuito que nos esperaba se hizo notar rápidamente. Tras un primer kilómetro llano, estrecho, con algún giro y con mucho tráfico de triatletas (ritmo de 3:28’/km), llegó la primer rampa. Todo el segundo kilómetro fue de subida y más o menos mantuve la intensidad, aunque el ritmo de ese kilómetro cayó a 3:48’/km. Antes de llegar al punto de giro para volver por el precioso paseo del río y única zona más o menos llana donde se podía correr, tuvimos una pequeña bajada en la que estaba puesto el segundo avituallamiento. Así como he criticado a la organización por la nefasta gestión del segmento ciclista, he de decir, que a efectos de avituallamiento estuvieron de 10. Había de todo y con muchos voluntarios, no solo dándote bebida y comida, sino también animando sin parar. El tercer kilómetro lo pasé a 3:30’/km, buen ritmo que me estaba haciendo remontar posiciones y que si lograba mantener me permitiría, seguro, luchar por una plaza de Top 20. En ese kilómetro 3 ya iba en el puesto 52. Diez posiciones ganadas en solo tres kilómetros era una buena señal, además de ir marcando el segundo mejor parcial de carrera a pie tras Michael Birchmore, a la postre claro vencedor de la carrera.

¡Manda narices! Mira que insistieron en que se viera el dorsal para identificar las fotos... ¡pues no! No sé por qué narices tenía que llevar la contraria...
Ya en el paseo del río marqué los siguientes dos kilómetros a 3:30’/km, todo según el guion establecido, hasta que, de repente, de un momento a otro, una ampolla apareció en el pie izquierdo, y me obligó a talonear un poco. Este fue el inicio de la excavación de mi tumba. Cambiar la técnica de carrera de forma radical tuvo sus consecuencias, y a penas un kilómetro más tarde... ¡ZAS! Un dolor agudo, un puntazo, como si me hubiesen clavado una aguja, en la inserción del talón con el tendón de Aquiles me hizo parar en mitad de una cuesta. Caminé unos metros y reanudé la marcha, cojo y con una rigidez en ese tendón que me hacía no saber cómo pisar.

Empezando el baile de "San vito"
Ni de talón ni de puntera, una mezcla entre patizambo y Chiquito de la Calzada. Parecía más una bailarina que un triatleta ¡Qué desastre! Cinco kilómetros me había durado la alegría, y pese a encontrarme en unas condiciones óptimas, cuando aparecen problemas de ampollas o lesiones te sientes como un león enjaulado. Crucé el primer puente como buenamente pude. Era ya el kilómetro 5 y mis esperanzas de remontada se esfumaban. De hecho, tenía dudas de ser capaz de terminar. Dieciséis kilómetros con dolores son muchos kilómetros. Traté de distraer la mente, fijarme en detalles del paisaje, de los triatletas, de los animadores. Pero dolía mucho ¡Joder, que si dolía! No estoy acostumbrado a lesionarme y la sensación de “querer no poder” es muy desagradable. La “rampona” de la Barton Avenue me sirvió para ganar algún puesto, pero en la bajada ¡ayyyyyy la bajada! Iba más lento que subiendo y me pasaba hasta el apuntador. 

Esto es marcarse un "Ibarguren" ¿no?


Poco a poco fui completando la primera vuelta. El paso por el mítico puente de madera, donde estaban Edu, Marta y mi madre animándome, fue una pequeña anestesia que me hizo ocultar los dolores. Inconscientemente corrí más rápido por esa zona, pero fue empezar la segunda vuelta y el tramo por donde no había público, y reaparecer los puntazos de dolor…

 “¡Solo quedan 7 kilómetros Pelayiiiin!” “Cada pasito más es un pasito menos hacia meta” …. Pequeñas frases con las que intentaba engañar a mi cerebro, pero de corto efecto. Llegué de nuevo al punto de giro y ya sí, empecé a pensar en que lo iba a conseguir, en que iba a ser “finisher” en un Mundial. Con eso me conformaba, viendo cómo se estaban desarrollando los acontecimientos. Al paso por el primero de los puentes pude ver a Edu grabándome en directo y aproveché para hacer en vivo un pequeño resumen de la carrera. Sé que había mucha gente en España pendiente de mí y que no encontraban explicación ni a los 5’ extra de bici ni al bajón de rendimiento en la carrera a pie. Porque de correr a 3:30’/km había pasado a marcar parciales de en torno a 4:30’/km. Aun con todo, llegué a ponerme el 41º en el kilómetro 13, puesto que fue cayendo de ahí al final. 

Marcha de supervivencia. Media vueltina y"pa dentro"
Pero ya daba igual, el esfuerzo por llegar a meta hacía que cruzar esa línea fuera un premio. Aun así, viendo los resultados finales, da rabia darse cuenta de lo que se me había escapado. El quinto clasificado en meta, el británico Marton Cseik, me sacaba 1’ 20’’ en el kilómetro 72 de bici, último punto de cronometraje antes de la sanción. Él corrió la media maratón en 1h 20’ 37’’, por lo que me habría bastado con correrla en 1h 19’ para subir al pódium. Un ritmo teóricamente asequible (lesiones aparte). Con esto no quiero lamentarme, sino todo lo contrario, motivarme y darme cuenta de que sí tengo capacidad de, algún día, estar luchando por un sitio en el cajón de un campeonato de estos. Otro dato curioso es ver como no hace falta ser buen nadador para subir al pódium. El segundo clasificado, el alemán Timo Kuhlmann, salió del agua 4 minutos después que yo… así que no se puede dar por perdida tampoco una carrera, aunque no salga un buen primer segmento. Lecciones y reflexiones interesantes de cara al futuro.

Riverwalk. Un poco de sombra para disimular los 31 graditos

Traté de disfrutar de los últimos kilómetros, llevé a mi mente los recuerdos de estos dos meses preparando la carrera, de toda la gente que formó parte de esta aventura y llegué a la conclusión de que, solo por lo que me habían demostrado en este periplo hacia el Mundial, ya había merecido la pena cualquier gota de sudor. Y sí, con dolores, pero sí, pude disfrutar de esos últimos metros, del puente de madera, de las vistas que desde dicho puente se tienen de todo Chattanooga, de la bajada, de la alfombra roja, el icono de Ironman, de mis amigos, Edu y Marta y de mi madre, la primera animadora que vi en carrera y la última tambien, a escasos metros de meta. 

"¿Y si pongo esta moqueta en mi piso?"

"No, que no pega con el color de las paredes"

"¿o sí?"


C´est fini!
Un arco de meta con sabor agridulce pero que crucé con una sonrisa de oreja a oreja. Y es que no sería justo resumir un Mundial de Ironman 70.3 en solo números (puesto 46 y 4h 31’ 22’’ de carrera). Este Mundial fue mucho más que eso. Empezó hace meses y no termina en ese arco de meta, porque los números, al final se olvidan, pero los recuerdos quedan para siempre.

Todo sea por la medalla...

La 20 del mundo! CRACK Judith Corachán

Estamos pa salir de fiesta los dos. Bravo Julen

Un bahreiní de tez blanca. Mikel Calahorra, un places y ¡a por todas en Kona!



GRACIAS INFINITAS A TODOS LOS QUE HABÉIS FORMADO PARTE DE ESTA EXPERIENCIA.

sábado, 26 de agosto de 2017

MEDIO IRONMAN DE BUELNA: ¡4º! Y cerrando el círculo

Siete años de diferencia hay entre estas dos imágenes. Aquel  26 de Junio de 2010, día de San Pelayo, sin saberlo, estaba dando un paso hacia lo que es hoy en día una de mis pasiones. Con 20 añitos no me podía imaginar que el Medio Ironman de Buelna sería, 7 años después, una de las carreras que voy a guardar con más cariño en la memoria. Y quiero agradecer a Bardy Castillo su empeño, año tras año, por mantener viva esta prueba que, para mí, no es una más, es la mejor que tenemos en Cantabria. Llevaba años diciendo que volvería, y por fin cumplí mi promesa.

Buelna 2010: Hugo, Manu y Pelayo, alias, "el taloneador"

Buelna 2017: Satisfacción y agradecimiento
Pero no penséis que por aquel entonces yo ya era un triatleta empedernido. Mi presencia en el único Medio de Cantabria fue para hacer el relevo de la carrera a pie (21km) formando equipo con Manu (Natación) y Hugo (bici), y surgió como suelen surgir estas cosas... con un "a que no hay cojones", una noche de fiesta con los compañeros de la UC, pocos días después de lesionarme de gravedad en un tobillo jugando al fútbol. Ese día, en Buelna, se dieron muchos factores para que un año más tarde, en 2011, probara y me enganchara al mundo de los tres deportes. Primero, durante la preparación de aquella carrera compartí entrenamientos con los integrantes del equipo de triatlón de la UC, especialmente con Pablo Martín Sarobe, que debutaba en Medio Ironman. Todos los que le acompañamos en el camino hasta la meta de Buelna estábamos admirados por sus "cojones" y por su "raza". Y lo consiguió, fue "Finisher". Ese día me prometí que quería ser Pablo, que quería emular su gesta y que algún día yo también terminaría ese triatlón. Pues bueno, han tenido que pasar 7 largos años para cumplir esa promesa que, el Sábado 19 de Agosto, me permitió cerrar el círculo que llevaba abierto desde entonces.

¡Empezamos!

Bender Team en Buelna: Ramiro, Pelayo y Polo. Del pantano directos al PÓDIUM
Camino de Chattanooga, y dentro de las 11 semanas de preparación específica para esa carrera que tendré el 10 de Septiembre, nos encajaban perfectamente dos competiciones al final de cada bloque de 4 semanas. La primera fue el Triatlón de Getxo, donde fui con lo puesto y acabé como pude, pero contento. La segunda ya era otro cantar: Triatlón Valle de Buelna ¡Casi nada! Ya os hice una introducción bastante amplia de lo que significaba para mi correr, por fin, el Medio Ironman de Buelna. Además cuadraba perfectamente con la preparación del Mundial, por lo que me resultó fácil decidirme ¡Este año sí!

Las semanas que separaron Getxo de Buelna no puedo decir que hayan sido un camino de rosas. Las consecuencias del calor del verano, los duros entrenamientos, el trabajo, la necesidad de coger unas vacaciones que me reservo para poder ir a USA y la larga temporada que estoy haciendo, sin prácticamente descanso desde Noviembre, se dejaron ver en forma de pájaras, malas sensaciones y mucha fatiga entrenando. Sé que no era el momento para pegar un bajón, así que a una semana y media de Buelna, ayudado siempre por mi entrenador y ahora, más que nunca, psicólogo Ricardo Lanza, decidí levantar el pie, liberar la cabeza y descansar un poco. El mini agujero negro en el que me había metido fue desapareciendo los días previos al medio Ironman de nuestra región.

Llegaba al Half de Buelna reforzado y, aunque con incertidumbre, porque los entrenos no habían salido del todo, me aferré a lo que sé que tengo y confiaba plenamente en sacar partido a lo que hubiera. ¡Y vaya si lo hubo! El trote de activación de 10 minutos la mañana de la carrera, por Santander, me hizo revivir sensaciones olvidadas. ¡Qué bien iban las piernas! Y cuando tengo ese "feeling" a unas pocas horas de competir, no suelo equivocarme.

A la derecha, en primera fila, neopreno con manchas rojas. Ahí estoy a punto de librar batalla (Foto de "Parando el Crono")
Más motivado aún pusimos rumbo hacia el Pantano del Ebro, en una tarde nubosa y de temperatura agradable. Más de 350 triatletas estábamos inscritos para cubrir los 1,9 km de natación en forma de travesía por el Pantano del Ebro (La Población), los 91 kilómetros de bici hasta Los Corrales de Buelna, con unos 45 primeros kilómetros rodeando el pantano por carreteras rompepiernas y unos segundos 45 kilómetros en bajada hasta la capital corraliega. Y la guinda la pondrían los 21,8 kilómetros de carrera a pie a cuatro vueltas en el "horno" de Corrales, donde Bardy, motor de la organización de esta carrera, nos esperaba en meta.

He de confesar que la atención en esta prueba no la tenía solo puesta en mí. Mi amigo Luis Cue, debutaba en la distancia, tras haberle liado yo unos días antes... pobrecillo. Estaba hecho un flan antes de meternos al agua.

Salida amplia y cómoda. Otro ejemplo más de lo que es un gran triatlón como este (Foto de "Sportchip")
A las 15:00h nos fuimos agrupando los triatletas en la orilla del pantano. Allí estaban los mejores especialistas de Media Distancia de España. No había que hacer mucho esfuerzo para sacar nombres destacados: Gustavo Rodríguez (campeón de España y de todo lo que le apetezca), Emilio Aguayo (pódium ELITE en Challenge Salou, Campeón de España de Triatlón de Media Distancia en 2015, internacional con España... y mil méritos más), Ángel Salamanca (Top Nacional en cualquier distancia y disciplina, desde triatlón, hasta duatlón o acuatlón, vale para todo), Joan Ruvireta (tercero Elite en el Cto de España de Media distancia 2017), Manu del Real (ganador de varios Medios Ironman Nacionales), Julen Díez (Campeón de España de Triatlón de Media Distancia de Grupos de Edad y Top 15 Elite en todas las pruebas nacionales e internacionales que ha corrido), Kristian Quintans (hombre Kona, séptimo del mundo de su grupo de edad en Hawaii el pasado año)... y no sigo porque eternizo la crónica, pero en la lista también metería a mis compis cántabros Sergio Bolado y Miguel Ruíz, así como varios hombres Sub 9h en Ironman, que estaban en la salida. Con este cartel no queda otra que tentar a la suerte, jugársela y apostar a caballo ganador para ver si suena la flauta. Era más difícil hacer un Top 10 en Buelna este año, que hacerlo en el Campeonato de España. Y si ya hablamos de entrar en el Top 5, donde hay premios en metálico, lo damos casi por imposible. 

Aun así...¡Qué largo es un Medio Ironman y cuántas veces se le puede dar la vuelta a la tortilla en una carrera de este tipo! Hasta que no cruzas la meta no puedes dar nada por perdido. Esto lo he ido aprendiendo este año a partir de la experiencia cogida en Orihuela, Pamplona, Madrid y Valencia. Aquí se compite desde la primera brazada, hasta el último metro de carrera a pie.

¡Patos al agua! Este año fuimos obedientes y Bardy no tuvo que mojarse los pantalones jeje (Foto de "Sportchip")
Volviendo a la salida, tras ver cómo las chicas empezaban la competición unos minutos antes que nosotros y, dándonos cuenta de lo desviadas que estaban nadando hacia la primera boya, decidí cambiarme de posición y colocarme un poco a la izquierda, en previsión de que la corriente nos llevara a la derecha. El bocinazo de salida no fue de improvisto y nada más tirarme al agua traté de seguir los pies de Ángel Salamanca... Diez metros debí de durar (y ya me estoy pasando). Porque aunque empecé a ritmo de serie de 25m, seguir a un "pececillo" como Salamanca es una utopía. Al menos me sirvió para coger buena posición y evitar que la gente se me echara encima en estos primeros metros, como suele suceder. Esta es una de las cosas que he cambiado en Buelna. 

Siempre salgo al ritmo que voy a nadar y la gente por detrás me "come" al inicio de la natación. ¡Qué angustias y qué ostias me he dado en anteriores carreras!. Para evitarlo, esta vez salí fuerte y desde el principio pude nadar cómodo. La incertidumbre del trazado de natación, en modo travesía, empezando en un punto y saliendo del agua por otro distinto, dio más miga a este segmento. ¡Qué torcidos nadamos! Y eso que cada dos brazadas intentaba apuntar a la boya, pero inconscientemente uno tiende a seguir los pies de delante o a echarse contra los que te custodian a los lados. 

Traté de aislarme y nadar a mi bola y hacer cómodamente los 500 metros hasta la primera boya, pero en ella ya nos juntamos unos cuantos. Justo delante de mí pasó Miguel Ruíz, a quien pude distinguir. Junto a él iba Kristian Quintans. "Voy en buen grupo" pensé, pero camino de la segunda boya cada uno se fue para un lado y yo tomé el que creí que era el camino más recto. Estaba nadando muy parecido a Pamplona, con frecuencia alta pero sensación de deslizar (ahora lo lee cualquiera que nade decentemente y se descojona, porque lo que yo pienso que son caricias al agua, visto desde fuera son unas ostias como panes). La segunda boya nos dejaba ya apuntando hacia el puente que enfilaba el último giro antes de llegar al pantalán de salida.

El lujo de tener un sitio así para nadar. Y aunque el pantano estaba al 30% de su capacidad, salió un recorrido precioso (Foto de "Sportchip")
En ese tercer recto, pasando por debajo del puente, sentí la soledad de las ballenas varadas... Vamos, que mirada de frente y no veía a nadie. Había un hueco enorme con mis predecesores. Curioso de mí, me dio por girar la cabeza para ver cómo iba la carrera por detrás y me di cuenta de que lideraba un grupito numeroso de triatletas. Esta vez me tocó a mí hacer el esfuerzo nadando.

Mente en blanco, borracho y con un colocón curioso (Foto de "Ruth Cruz")
Aunque el último giro siempre es crítico y la gente acelera para salir delante, yo también hice lo mismo, y camino del pantalán fui buscando el hueco por donde salir "¿pero qué es est....?"  No me dio tiempo ni siquiera a maldecir el metro de altura que había que superar para salir del agua cuando, sin darme cuenta, dos brazos salieron de la nada y me pescaron como a una trucha ¡JODER! Entre dos tíos me sacaron del agua más rápido de lo que mi cabeza pudo procesarlo, y casi me pego un porrazo al tocar tierra por el descoloque que supuso. Entre lo mareado que suelo salir ya de por sí, y la "pesca" de boquerón que me habían hecho, subí la alfombra azul dando tumbos, con Miguel Ruíz, Kristian Quintans y Alberto Bravo, los tres del mismo equipo, yéndose por delante a toda leche. Llegué al polideportivo donde teníamos la transición, y aún no sé como...¡Qué mareo!

¡Pero qué pasada de reloj! jajaja Fenix 5 "on power" (Foto de "Ruth Cruz")
Tener estudiada la transición me permite no pensar demasiado en lo que hay que hacer en el cambio de material, y esta vez, más que nunca, agradecí no tener que hacer trabajar a mi cerebro. Como si hubieran pasado a cámara rápida todos esos instantes desde la salida del agua, me vi montado en mi Orbea tratando de calzarme en marcha. Pero la suerte no estuvo de mi parte esta vez. Se me cayeron las gomas y pasé las de "Caín" para poner las zapatillas. Impotente, iba viendo cómo se me escapaban los triatletas con los que había hecho la natación y otros que habían nadado más despacio, como Sergio Bolado, me pasaban, mientras yo me peleaba con las malditas zapatillas.

Yo y mi T1, mi T1 y yo ¡Qué poco nos queremos!
Cuando por fin me las puse y analicé la situación, fui consciente de lo importante que iba a ser cometer una pequeña locura. Mi amigo, Sergio Bolado, una de las mejores referencias de bici posibles, me sacaba 200 metros y, al igual que sucedió en Valencia, me tuve que pegar el calentón del día para limar esos segundos y ponerme a vista de pájaro suya. Me sorprendió lo poco que tardé en pillarle y las buenas sensaciones que me dieron las piernas ante este calentón inicial. Nada que ver con Valencia, donde me quedé tirado, solo, agonizando y en tierra de nadie. Sabía que ese "piquito" inicial de watios, por encima de 400, podía ser una condena, pero preferí olvidarme del potenciómetro y dejarme llevar por las sensaciones.

Enredado entre gomas y zapatillas. Un calvario de T1
Cogí la referencia de Sergio y pensé... "hasta donde llegue". Tener la manchita blanca en el horizonte siempre es un plus de motivación, ayuda a mantener el ritmo y no bajar el pistón. Siguiendo a la bala del equipo ilicitano, fuimos "comiéndonos" literalmente, a varios triatletas que nos habían ganado nadando. Aunque habiendo salido el 14 del agua poco margen de remontada teníamos. Pasado Corconte, en el giro de derechas para coger la Nacional de Burgos, avisté a un triatleta de rayas azules que me llamó la atención. ¡Qué traje tan curioso! Salí de dudas enseguida, cuando al pasarle vi que era Toñete, de la Marea Azul ¡Iba fino el tío!. Aunque la mala suerte se cebó con él y en esa curva de la que hablo, al pasar por un bache, salió volando su bidón y yo, que venía adelantando justo en ese momento, lo libré por los pelos. Los huevos de corbata se me pusieron, pero tampoco había tiempo para pensar, con seguir a Sergio a más de 40 km/h tenía suficiente. Al poco alcanzamos a Miguel, que venía de hacer una T1 estratosférica y unos primeros kilómetros de bici rápidos. Nos habíamos juntado los tres "compis" de viajes de esta temporada. Qué casualidad que entre más de 350 corredores y en una prueba de más de 4 horas coincidamos en el mismo lugar y en el mismo instante Sergio, Miguel y yo.

Calentón para coger la referencia del duende de casco verde de la foto (Foto de "Sportchip")
La iniciativa del terceto la tomó Sergio, pero Miguel quiso ser generoso y pasó un par de veces a marcar el ritmo. Yo me lo iba pensando "¿paso o no paso? porque pasar delante supone pegarse un calentón, y si Sergio descansa luego puede arrear y dejarme tirado". Decidí guardar y ver desde la tribuna cómo iba yendo la cosa... aunque reconozco que me dio un poco de apuro por ellos, porque estaban los dos con ganas de colaborar y ayudarse, y yo, fui un poco injusto en ese momento. Pero viendo lo que sucedió poco después, no puedo estar más seguro de que hice bien en no pasar a marcar el ritmo. Tras uno de los tramos de subida que hizo Miguel delante, Sergio abrió gas. "¡A tomar pol culo!" Era el kilómetro 25 y ahí podía terminarse la compañía. Al ver que Miguel cedía ante el ataque, salí con todo a por Sergio, para que la distancia no se fuera a mucho más de 20 o 30 metros ¡Santo calentón que me pegué! Las piernas quemaban y el corazón me recordó lo que era pasar de la zona umbral.

No soy yo mucho de tumbar en las curvas, la verdad (Foto de "Ruth Cruz")
Con la tontería, el pobre Miguel se quedó por el camino y Sergio y yo seguimos adelante, ya a ritmo más calmado, por suerte. Me llevaba con el gancho y, aunque las piernas seguían respondiendo, no las tenía todas conmigo de poder llegar bien a la carrera a pie. Recorrimos la zona Sur del Pantano, por carreteras rompepiernas y constantes sube y baja. Ivan Cazorla fue uno de los que adelantamos en ese tramo, más o menos al paso por Arija. Poco después vimos cómo Ángel Salamanca, líder de la natación, se paraba ante un posible pinchazo, que al final resultó ser otro problema mecánico en la bici pero que no le impidió echarle narices y terminar la carrera. Todo un ejemplo el que dio en Buelna. Cuando uno está para ganar y se ve fuera de carrera a los 30 km de bici, hay que tener mucha cabeza para seguir hasta meta, como hizo él.

Tapas de "LaminarCover" estrenadas con éxito ¡Qué descubrimiento! (Foto de "Ruth Cruz")
Con la concentración de los primeros 35 kilómetros se me había olvidado beber y comer. De repente me entró el agobio y empecé a "picar" de los dos botellines y de la cantimplora de geles. Menos mal que Sergio dio una tregua hasta Bolmir. En este pueblo giramos a la derecha. Ya quedaba poco para echarse carretera abajo, y los primeros 45 kilómetros de carrera habían caído en ¡poco más de 1 hora! Madre mía, más de 40 km/h de media en la vuelta al Pantano, una auténtica locura.

Antes de despendolarnos hacia Los Corrales, por la rápida carretera de Las Hoces, pasamos el primer avituallamiento... por llamarlo de alguna manera, porque la idea de descansar unos segundos aprovechando para beber se fue al traste cuando vi que Sergio no cogía nada. "¡Ale! Pues yo tampoco". ¡De locos! 45 kilómetros y cuatro sorbos de Triforza había podido dar. "Si no me da un chungo por deshidratación en esta carrera, soy inmortal" iba pensando.

¡Qué fotones nos haces, Anita! Intentando mirar de reojo a la cámara (Foto de "Parando el Crono")
Último repechito antes de la bajada, punto de encuentro con el público, que estaba esperando a que pasáramos y luego bajar en coche a Los Corrales a ver la carrera a pie. Empezamos la bajada y aquí empezó la cruda realidad. Primera curva de izquierdas, Sergio la coge acoplado, a 80 km/h, y yo me desacoplo y freno... perdiendo un porrón de metros y diciendo adiós a mi referencia. Me quedé solo, solo solo; más solo que la una. Empezaba una nueva carrera para mí, ahora tocaba lidiar conmigo mismo y encontrar mi ritmo. Concentrado en tomar bien las curvas y frenar lo menos posible, los kilómetros fueron cayendo a toda velocidad. Y, aunque el viento Norte que soplaba de cara nos frenaba bastante, la media se iba por encima de 40 km/h sin problema. No me vino tan mal como pensaba la soledad. Al menos pude comer y beber tranquilo, y recuperar un poco las piernas. De vez en cuando, entre bajada y bajada aparecía una "tachuelilla" donde se agradecía el tener que ponerse de pie en la bici para lanzarla de nuevo cuesta abajo.

Volando bajo por las rectas de Arenas de Iguña (Foto de Gonzalo "Zero Grados")
Entretenido con el paisaje y con el esfuerzo, llegué a Arenas de Iguña, donde Gonzalo, mi amigo del alma y biomecánico de la empresa "Zero Grados", estaba haciendo unas fotos para cazar las posiciones de los triatletas en la cabra. ¡Qué fotones se marcó! Y aprovecho para hacer una reflexión sobre mi nueva posición en la bici de crono. Cuando me puse en manos de Gonzalo iba en plan "globero", ahora por lo menos aparento algo en las fotos (jejeje). En serio, colocarte bien no solo es sinónimo de aerodinámica, sino también de comodidad, y creo que hemos encontrado el equilibrio entre ambas partes: posición agresiva, codos cerrados y muy cómodo.

Pasando revista a la nueva posición sobre la cabra ¿me das el aprobado no, Gonzalo? (Foto de Gonzalo "Zero Grados")

Justo después de esto, el bidón de sales que llevaba se fue a tomar vientos con un bache, y me quedé sin bebida en el kilómetro 65. De ese bidón solo había tomado un traguito y era mi apuesta para la parte final del segmento ciclista. Pero como soy experto en perder bidones (Half de Madrid) o geles y sales (Ironman 70.3 de Santa Cruz) tampoco me importó mucho... "¡qué más da una más!"

Los últimos 25 kilómetros ya no son tan favorables y las largas y llanas rectas predominan. Fue entonces cuando el triatleta Ele Aguado me alcanzó y volvió a meterme en carrera, o al menos, a hacerme ver que no estaba dándolo todo. Sufrí como un condenado para no perderle de vista. La mancha blanca de Sergio cambió a naranja, color de la vestimenta de este buen hombre, que venía desde atrás haciendo un segmento ciclista de escándalo.

Será por fotos... ¡Otro fotón más de un crack! (Foto de Alfredo Poomusaieva)
Antes de llegar a la T2 nos pasamos de largo de Los Corrales, para hacer un bucle y llegar a los 90 kilómetros. Casi 91km a 41 km/h de media me marcó el Garmin Fénix cuando dejé la bici en mano de los voluntarios que nos la recogían en la entrada al Complejo Deportivo. Allí se iba a librar la batalla final, la que más me gusta y en la que mejor me desenvuelvo.

91 km a 41 km/h de media... no está mal para un globero 

Llegué a la segunda transición el 9º, pegadito a Aguado (8º), y pude sentir por primera vez el calor del público que gritaba ¡Pelayo! de todos los lados. Ya no estoy acostumbrado a que me animen tanto. Llevo toda la temporada corriendo fuera de Cantabria y nadie me conoce. En Buelna corría en casa y eso se notaba. Animado por el "speaker" hice la mejor segunda transición que recuerdo. Solo 35 segundos tardé, exactamente, en encontrar mi cesta, quitarme el casco, ponerme la gorra, las gafas, los calcetines, las zapatillas de correr, coger los geles, dar la vuelta al dorsal y salir de boxes. Me ha llevado más tiempo escribirlo que en hacerlo.
Lo que perdí en la T1, lo recuperé en la T2. No me ponía tan rápido los calcetines hacía tiempo
Tal fue la motivada de llegar a Los Corrales y oír mi nombre que salí a afrontar los 21 kilómetros un poco pasado de vueltas. Ya en la transición adelanté a Aguado y empecé a correr el 8º. El Top 10 no se me iba a escapar, salvo catástrofe, pero ya que estábamos, íbamos a por más.

Esto de sonreír lo aprendí del maestro Pablo Ibarguren, pero todavía no estoy a su nivel jejeje
La carrera a pie de Buelna, aunque es llana, es muy propensa a que ocurran grandes petadas. Esto pasa porque la bici se hace sin descanso, sin dejar de dar pedales ni un instante e, inconscientemente, desgasta la musculatura, pagándose en los últimos kilómetros de la carrera a pie. Aunque era conocedor del historial de grandes petadas de Buelna, no lo pensé demasiado y pasé el primer kilómetro a 3:20'/km, momento en el que adelanté a Sergio Bolado. Me puse séptimo y a tiro de los dos siguientes, por lo que no bajé el ritmo. Antes de que el reloj me ticara 3:22'/km en el segundo kilómetro, ya había pasado a Kristian Quintans y a Julen Díez. Me había puesto ¡QUINTO! Un puesto que daba acceso a premio en metálico.  Y eso acabábamos de empezar la carrera a pie.

Family supporting me. Foto muy simbólica, gracias Marcos (Foto de Marcos Bardón)
El giro al final del camino de grijo me permitió ver cómo iba la carrera por delante. Gustavo Rodríguez lideraba sólidamente seguido de Aguayo y Ruvireta. Los dos primeros muy destacados y el tercero más cerca, pero no a tiro. Un pódium digno de un campeonato de España Elite. El cuarto era Manu del Real, otro de los grandes de la distancia y que llevaba el dorsal 1 tras ser segundo el año pasado. ¡Qué nivel! No me podía creer que yo fuera el siguiente, detrás de estos súper clase. La motivada duraba todavía y el parcial del kilómetro 3 fue de 3:24'/km. Estaba corriendo por encima de mi ritmo y probablemente lo pagaría al final, pero había que abrir hueco con los de detrás y no dar opción a que se plantearan pasarme.

Si es que tengo la mejor afición. Aquí animado por la "BENDER" con más pódiums y victorias de todo el equipo (Foto de Gonzalo "Zero Grados")
Aunque antes de seguir sufriendo tocó pasar por lo que yo llamo "el césped de la gloria". Y es que en cada una de las cuatro vueltas de carrera a pie, al pasar por la zona de meta, por un tramo de hierba, encintado, todos los triatletas experimentábamos el subidón que da ver a tus amigos animándote. Allí estaban todos, mis padres, Pablo, Almu, Gonzalo, Oscar, Carla, Pepín... y un sin fin de amigos que anestesiaron mis dolores y me hicieron salir del "césped de la gloria" flotando en una nube. ¡JODER QUÉ PASADA! Pero con tanto ánimo y motivación se me olvidó coger agua en el avituallamiento, y no estaba la cosa como para dejar pasar ni una.

Se pierden unos segundos pero se ganan vidas de felicidad ¡GRACIAS AMIGOS! (Foto de Gonzalo "Zero Grados")
Camino del segundo punto de bebida, justo al final del camino de piedras, donde se giraba para volver en cada vuelta, me encontré con la grata sorpresa de ver a Manu del Real justo delante de mí. Me pilló un poco despistado, porque no me esperaba darle caza, y menos tan rápido, pero ya puestos, ¿por qué renunciar al cuarto puesto? Animé a Toñete antes de lanzarme a por ese puestito más. Era el kilómetro 6 y ese parcial lo hice a 3:28'/km. Aunque antes había bajado un poco el ritmo, al adelantar a Manu, inconscientemente las piernas corren un poco más.

Otra más por el "césped de la gloria" (Foto de Gonzalo "Zero Grados")
"¿Y ahora qué?" pues a seguir remando. Ruvireta era el siguiente. El vigente medallista de bronce en el Campeonato de España estaba a tres minutos, pero al cruzármelo antes del giro la sensación que me dio es de que iba controlando la carrera y regulando. Intenté mantener el ritmo, pero a partir del kilómetro 10 la gasolina empezó a agotarse. Por detrás había conseguido una ventaja de más de tres minutos y por delante Ruvireta mantenía la misma diferencia conmigo. Las piernas empezaron a quedarse sin fuelle y todavía quedaba un mundo para terminar.

Anécdota: en este punto, un par de triatletas ocupan toda la acera. Vengo por detrás y espero a que dejen hueco sin decir nada. Uno de ellos se percata y asustado me deja pasar sin parar de disculparse. Me giro, le espero, me pongo a su lado y le digo "¿te crees que voy a perder mucho por ir un rato contigo? ¡Anda que no tenemos metros para correr, a por ello fenómeno!" y sigo mi camino. Aquí todos competimos en igualdad y me da lo mismo ser primero que ultimo, todos tenemos el mismo derecho a disfrutar y ser respetados, es una pasada encontrarse gente buena como este chico, que no supe quien es, pero que me dejó con la anécdota del día (Foto de Alfredo Poomusaieva) 
La suerte de correr en casa hizo que lo que podía haber sido un calvario de 11 kilómetros se convirtiera en un rodaje más entretenido que los que hago sorteando turistas en verano por el Sardinero. Los constantes saludos y ánimos de compañeros triatletas que iban en otra vuelta me ayudaron a tener la mente entretenida. ¡Menos mal!

Descripción gráfica de lo que es ir "recogiendo cadáveres", o de ver como intentan recoger el tuyo jeje (Foto de Fabián Roncero)
Y así sobreviví a la "crítica" tercera vuelta. Ya solo quedaba la última. El tercer puesto estaba a años luz y había que guardar todas las balas posibles para el Mundial. Al fin y al cabo, terminar cuarto en este Half era mucho más de lo que me podía imaginar a priori, viendo el cartel de salida que había.
 Disfruté del último giro, animé, entre otros, a Juanillo y a Manolo Ramos y poco a poco fui cerrando ese círculo del que hablé al principio de la crónica. Hoy más que nunca sentí una alegría infinita por ser finisher en Buelna. ¡Cuarto!, que está muy bien, pero me quedo con lo de "finisher". Una promesa interna que me hice en 2010 cuando vi a mi amigo Pablo terminar esta carrera y que siete años después estaba reviviendo yo también ¡Qué sensación!

Últimos metros de disfrute, cerrando el círculo (Foto de Gonzalo "Zero Grados")
Y ya no os cuento lo que fue llegar a meta, recibir el abrazo de Bardy, levantar la cabeza y encontrarme allí a un tal Gustavo, un tal Aguayo y un tal Ruvireta... Manos a la cabeza y mi más sincera admiración hacia ellos, que para mí son ídolos de este deporte.



Círculo cerrado y promesa cumplida. Prometo volver 
4 horas, 3 minutos y 59 segundos marcó el reloj de meta, suficiente tiempo para dar de qué escribir en siete páginas de crónica y, sobre todo, tiempo suficiente para darme cuenta de que estoy bien. ¡Sí! de vez en cuando tiene uno que darse palmaditas en la espalda. Pasé semanas muy jodidas entrenando, pero ver que realmente el estado de forma está conseguido de cara al Mundial, da una motivación extra.

Y antes de cerrar este capítulo, dos cosas más. La primera, que el señor Luis Cue, aunque me vaya a odiar por unos días, fue "FINISHER" en Buelna también, y eso tiene el mismo mérito que todos, te llames Don Gustavo o te llames Perico de los Palotes. Así que Luisito, disfrútalo, valóralo y desde aquí vuelvo a mandarte mi más sincera enhorabuena.

Un nuevo integrante de la familia de los Medios Ironman, el gran Luis Cue
La segunda... ¡EL BENDER TRIATLÓN AL PÓDIUM! Y esto sí que es noticia. Gracias a la genial carrera de Ivan Polo y Rami, conseguimos puntuar tres del equipo(los justos) y encima ser ¡TERCEROS! por delante incluso del equipo de casa, el Triatlón Buelna, y siendo el primer equipo cántabro. Llevábamos sin subir a un pódium por equipos desde Comillas 2015, por lo que volver al cajón para este grupito de amigos es un sueño.

Éramos pocos pero hicimos diana. BENDER TRIATLÓN TERCEROS POR EQUIPOS

Felicidades a todos, y que lo que ha unido el triatlón, no lo separe nadie.


Próxima parada: Chattanooga!!