martes, 28 de mayo de 2019

SURFER´S HALF MARATHON: Lluvia, viento, frío, granizo y la primera en CA "pa la saca"


Cambio de país, cambio de continente y cambio radical a mi vida. Hace poco más de tres semanas que hice las maletas y me convertí en uno más de los miles de españoles que probamos suerte fuera de nuestro país. Admito que en mi caso me ha movido más la inquietud que la necesidad, es decir, las ganas de conocer mundo y ampliar el alcance me mis perspectivas laborales. En estas tres semanas en suelo americano no puedo más que confirmar las buenas sensaciones con las que me he ido.


Puestos ya en contexto, este blog no lo creé para hablar de mi vida personal y laboral, sino para tener un recuerdo de mi otra afición: el deporte. No es, ni mucho menos, un blog donde busco venderme, enseñarme o publicitar mis éxitos o desgracias. La esencia con la que lo creé y que aún mantengo vigente, es el de tener ordenada cada competición que he hecho y poder, años más tarde, rememorar las sensaciones y sentimientos vividos en carrera. Ya son más de seis años lo que llevo escribiendo en “corriendo por lo segao” y espero que la llama no se apague nunca.

Pues eso, tres semanas en Santa Cruz de California ha sido lo que tardado en ponerme un dorsal en el pecho. Con objetivos más ambiciosos a la vista, coincidió que este fin de semana se disputaba la Media Maratón de Capitola (la “Surfers half marathon”). Una carrera popular con casi 2000 participantes que recorre el frente costero de Santa Cruz, en dirección a Capitola, para volver por el mismo lugar y terminar en le emblemática playa de Cowell, junto al “Wharf”. El recorrido, siempre con el océano Pacífico como testigo, transcurre por algunas de las zonas de surf más conocidas de California.


Santa Cruz tiene un clima “Mediterráneo”, bastante seco, especialmente en esta época del año. Pero este mes de Mayo está siendo uno de los peores que recuerdan los locales en cuanto a climatología. Tras una semana de lluvias constantes, el Domingo de carrera apuntaba a “catástrofe meteorológica”, e igual nos quedamos cortos con este término. La carrera estaba prevista a las 7:00 am ¿qué horas son estas? Desde luego que tengo que cambiar el chip español de competir a medio día. El problema de correr tan temprano es que, por mucho que te empeñes, siempre vas a dormir poco la noche antetior y, además si tienes que desayunar, el madrugón puede ser peor ¿solución? Ir a la carrera sin desayunar, con la cena de las 6 de la tarde del día anterior, y así poder apurar el sueño. Estoy muy acostumbrado a hacer entrenamientos de intensidad con el estómago vacío, por lo que consideré menos arriesgada la opción de ir en ayunas.

A las 5:45h sonó el despertador ¿ya? Bueno, me visto y salgo a activar 10’ las patitas y conseguir, a su vez, que se active mi estómago; pero no hay manera. Estas horas no son las habituales y no le da la gana “despertar”. No queda otra que rezar para que ya no se active hasta el final de la carrera. Media hora antes de empezar, bajo a la zona de salida, y justo cuando llego empieza a chispear. El cielo no puede estar más gris y con peor pinta. Ante la previsible mojadura del calentamiento y como no tengo a quien dejar la ropa (voy de corto, y me estoy congelando), opto por resguardarme bajo techo de la lluvia y el frío y salir de mi refugio un minuto antes de la salida. Creo que era peor empezar con hipotermia que sin calentar. Avisan de que queda un minuto y salgo de mi escondite, colocándome en primera fila. No tengo ni idea de quien corre, ni del nivel ni de nada, pero ya el hecho de ponerme en primera fila y que la gente de alrededor se aparte y de deje un metro a cada lado, quiere decir algo, y espero que no sea que es porque huelo mal. 


Poca tensión cuando termina la cuenta atrás y enfilamos la calle paralela al Boardwalk. Y en un perfecto ejercicio de sincronización con el pistoletazo de salida, el cielo se nos cae literalmente encima ¡QUÉ DUCHA! Ni 100 metros llevábamos y no me cabía más agua en la ropa. La coña de correr en bañador iba camino de convertirse en la opción más lógica. Entre el viento (de culo) y el agua, la sensación térmica era muy baja, por lo que inconscientemente hice un primer kilómetro un poco rápido para entrar en calor, quedándome más solo que la una. Sí, solo, solo desde el principio. 

Ante ese panorama no quedaba otra que tomarse la carrera como una lucha mental contra uno mismo y contra los tiempos, el del reloj y el meteorológico, aunque el primero de ellos iba a estar directamente condicionado por el primero. En el kilómetro dos empiezan las rampas, no demasiado largas, pero sí machaconas, que acumulan en total 150 metros de desnivel positivo. No es la Media Maratón de Siero pero tampoco es rápida. Trato de centrarme y correr detrás de la moto y la bici que abren carrera sin bajar el ritmo. Los primeros kilómetros voy rodando a 3:20’/km y bastante bien, de momento no percibo las consecuencias de no haber desayunado. En cada zona baja se había acumulado muchísima agua y he llegado a pasar charcos de media pierna. 

Público poco (lógicamente) pero el que hay ¡cómo anima! Aquí en América se vuelcan con el corredor, cero prejuicios y aunque no te conozcan te gritan como lo haría tu grupo de amigos si te estuvieras jugando un campeonato de España. Trataba de ir devolviendo los ánimos con un saludo o algún comentario. De esta forma fueron pasando los kilómetros y llegué al punto de giro, en Capitola, donde había que dar la vuelta para regresar por el mismo camino. 

Hasta entonces el viento había soplado de culo; al girar, pasaría de dar de culo a “dar por el culo”. Solo faltaba el granizo en la fiesta, y apareció. Volviendo de Capitola empezaron a caer piedras blancas que me hicieron pensar que estaba soñando ¿De verdad está granizando en Mayo en Santa Cruz? ¡Manda cojones que tenga que venir al Estado del surf, la playa, las chanclas y los bañadores para encontrarme con frío, granizo, lluvia, viento y rayos! ¡y qué rayos! La tormenta eléctrica se quiso unir a la fiesta. Afortunadamente, para contrarrestar las condiciones adversas estaban los miles de participantes con los que me iba cruzando al volver. TODOS, absolutamente TODOS con los que me cruzaba me animaban. Al principio me motivé saludando a cada uno de ellos, pero cuando son miles de personas llega un punto en el que acabas con el oído izquierdo un poco saturado y la mano más atrofiada de saludar que la de la reina de Inglaterra. Aún así, gracias, de verdad, porque esto es lo que da sentido a nuestro deporte.

Y cuando me las veía felices, volviendo con holgura respecto al segundo (algo más de un minuto) y con la gente animando, apareció lo que no tenía que aparecer… las ganas de ir al baño. Kilómetro 11 ¡No fastidies! ¿Y cómo voy a aguantar yo 10 km así? Pues nuevo reto para mí, tratar de controlar con la mente lo que el cuerpo quiere hacer. Bajé el ritmo, me centré mucho en cada zancada y fui limando los kilómetros que quedaban hasta meta con mi estómago pidiendo guerra. Obviamente no pude ni beber ni comer nada en carrera, pero las sensaciones musculares seguían siendo buenas. Lo mejor de todo era ver como mi marcha de supervivencia rondaba los 3:30’/km, y con un pulso de algo más de 150 pulsaciones, buena señal. 

Cuando por fin pude ver el Wharf al fondo respiré tranquilo. Tenía más miedo que se me escapara otra cosa que no la victoria. Últimos metros, giro a la izquierda, y meta en 1h 11’ 54”, batiendo el récord de la prueba. Meta que por cierto estaba desangelada. Normal, ¿quién iba a estar ahí con la que caía? A los dos minutos llegó el segundo y ocho minutos después el tercero. Hicimos la foto, nos dieron el trofeo a los tres, y pa casa. A las 8:30h de la mañana ya estaba entrando por la puerta de casa “cagando ostias”, nunca mejor dicho.



Sí señores ¡8:30 am! Y ya había corrido una media maratón, me habían dado el premio y estaba en casa…. ¡A ver si lo de madrugar no va a ser tan malo!


Nada más por ahora. Primer dorsal californiano saldado con éxito. En breve repetiremos, pero la próxima vez no va a ser ni tan fácil ni tan light.

¡Sean felices!

jueves, 11 de abril de 2019

CP CAÑERO DE CÓRDOBA: 2º puesto entre salmorejo y salmorejo

Si me preguntan qué no haría el día antes de una carrera, respondería “exactamente lo que hice antes de competir en la Carrera Popular Cañero de Córdoba”. El fin de semana de desconexión en esta preciosa ciudad andaluza bañada por el Guadalquivir, no podía haber dado más de sí. Además de visitar a mi primo, ir a verle jugar contra el Mallorca y catar la gastronomía cordobesa, hubo una sorpresa improvisada el día de mi cumpleaños.

El sábado salí a hacer mi entrenamiento de 1 hora y pico con 12 cambios fuertes de 1’ por el Parque de Miraflores, y el resto del día lo dediqué a avituallarme con salmorejos, pinchos de tortilla, almendras garrapiñadas… A las 12:00 de la noche estaba cenando la tortilla más bestia que haya visto nunca, en el bar Santos. Me acosté a punto de reventar, y me desperté el domingo casi en las mismas condiciones. Eran las 9 de la mañana del día de mi cumpleaños, y lo primero que hice fue vestir mi traje de luces (pantalón corto, camiseta, chubasquero y zapatillas de correr) para salir a hacer el rodaje largo del domingo que tenía programado en el plan de entreno. Cuando estaba a punto de salir, se me ocurrió la “brillante” idea de ir trotando hasta el barrio de Cañero, donde había visto que se iba a disputar una carrera de 9,1 km a las 10 de la mañana. Lo hice (lo prometo) con la idea de hacer más entretenido el rodaje y empaparme del ambiente de “runners” andaluces. Pero fue llegar a la plaza donde era la prueba y no pude evitar lo inevitable. Eran las 9:45, y el señor Pelayo estaba pidiendo un dorsal para correr ¡La hemos jodido! Los 5 km que llevaba rodando fueron suficientes para calentar.

Me coloqué en línea de salida junto a más de 500 personas. Ni conocía a nadie, ni tampoco sabía qué cojones estaba yo haciendo allí. El caso es que no me dio tiempo a pensar mucho, porque cuando me quise dar cuenta estaba envuelto en medio de un pelotón, camino del primer kilómetro de carrera. El salmorejo de la noche anterior y la tortilla cobraron vida de inmediato y me recordaron lo jodido que es correr alegre con la barriga llena. Por ello, fui poco a poco entrando en carrera, sin mirar el reloj y dejándome llevar por las sensaciones. 



Al no conocer el circuito, cada curva y cada calle era una sorpresa. Pasé la primera de las dos vueltas sin matarme, y ya iba entre los 10 primeros. Poco a poco, ya con las piernas calientes, fui testigo de las petadas que iban sufriendo mis predecesores hasta colocarme segundo, casi sin querer, en el kilómetro 7,5. 





El chavalín que lideraba la carrera iba muy por delante, y yo no estaba para muchos trotes, así que me dediqué a mantener mi ritmo crucero de 3:20 sin agobiarme por nada. Pero hubo algo que me sacó de mi ensimismamiento. En las rectas dejaba de oír a los que me perseguían, y al salir de las curvas los tenía pegados al cogote. Esta secuencia se repitió varias veces, hasta que, mosqueado, giré para ver por qué narices perdía tanto tiempo en los giros, y vi que mientras yo trazaba las curvas por la carretera, mis perseguidores se comían la acera constantemente ¡Seré pardillo! No hay nada como un toque de atención para ponerse serios, y eso fue lo que me hizo decidir que si querían quitarme el segundo puesto, iban a tener que hacer algo más que recortar aceras. Apreté el culo en el último kilómetro, y entré segundo en meta, detrás de un chico de 20 años del que luego supe que es una de las promesas de atletismo andaluz, con marcas envidiables en distancias que van desde 800 m hasta 10 km.



Y con la misma prisa que llegué, me tuve que ir. Pedí disculpas a la organización por no poder quedarme a la entrega de premios, pero por delante aún tenía 5 km hasta el hotel y a las 12 debía estar en el campo de El Arcángel para ver el partido de mi primo con el Córdoba. Esa prolongación de carrera fue quizás más dura que los 9 km a 3:20 ¡Se me hizo eterno! Y es que al bendito salmorejo tomó la “brillante” decisión de que había llegado el momento de abandonar mi cuerpo. Si en el último kilómetro de carrera tuve que apretar el culo para que no me pillaran, ahora lo tenía que hacer por otro motivo. Llegué al hotel pidiendo la hora, pero llegué.

Con este autorregalo improvisado de cumpleaños sumamos una carrera y más un pódium más en el inicio del año del “retorno”. Otra cosa no, pero ¡cómo estoy disfrutando de cada prueba en este 2019! Van tres fines de semana seguidos, y el siguiente toca también jaleo.

¡Nos vemos en Donosti!

lunes, 25 de marzo de 2019

10 KM CABO VÍDIO: ¡Centollazo!


Correr en Asturias siempre es especial, pero si además te encuentras con carreras como esta, los 10 km de Cabo Vidio, el listón se pone cada vez más alto. Y me refiero a la organización de la prueba. Es un lujo ser partícipe de la fiesta que se organiza en Oviñana cada año con motivo de la “carrera del centollo”, así conocida por repartir un centollo a cada uno de los 500 participantes, además de muchos varios lotes adicionales a los 5 primeros de cada categoría.

Foto: Carreras Asturias
Llegar a Oviñana y encontrarte a los paisanos del pueblo dirigiendo el tráfico y habilitando aparcamiento en fincas privadas ya deja ver el nivel de compromiso con el evento ¡Qué lujo!
Llegamos una hora y media antes de la carrera, con tiempo para saludar a la gente, disfrutar del ambiente de gaitas y animar a los más pequeños en las carreras que precedía a la nuestra. Hacía una semana del “exceso” de Laredo, y durante estos 7 días no hice nada de intensidad a pie, aunque sí en la piscina. Por tanto, las sensaciones eran bastante buenas y a expensas de ver cómo respondía el cuerpo a esfuerzos altos, la cosa pintaba bien.

Hice un calentamiento largo antes de ir para línea de salida, junto al resto de los 500 corredores. Tarde perfecta, soleada, unos 16 grados y algo de viento. El circuito era de dos vueltas, con subidas y bajadas tendidas y un tramo de caminos con bastantes curvas. En total 9,9 km poco propicios para hacer buenas marcas pero muy propicios para disfrutar de las vistas, camino del faro de Cabo Vídio.

Foto: Panella Fotografía
A las 17:40h dieron la salida y, al contrario que en Laredo, esta vez empezamos relativamente tranquilos. De inicio, el corredor del Ribadesella Juanjo García abrió un pequeño hueco con un numeroso grupo donde me encontraba. Al llevar cada uno un dorsal en la espalda con la categoría a la que pertenecíamos, podíamos controlar con quién estábamos realmente jugándonos la “centollada”. El primer kilómetro me entretuve “fichando” a la gente: Jordán, Pedrouso, Belver, Tejedor, Dioni, Villarmin… ¡Pufff! ¡sí que había gallos en Oviñana! Pasamos el kilómetro 2 agrupados, y con unos metros de desventaja respecto al escapado del Ribadesella, con quien contactamos después de dar la vuelta en el faro de Cabo Vídio.

Personalmente, aunque no iba con una percepción de esfuerzo demasiado grande, tampoco tenía la sensación de haber recuperado del todo las piernas, así que me mantuve un poco tapado, intentando controlar los ataques de Pedrouso. Entre  él y Juanjo, fueron seleccionando el grupo, que al paso por la primera vuelta se había quedado reducido a cinco unidades. No había nadie de mi categoría entre nosotros, por lo que el premio del centollo estaba asegurado, pero ya que estábamos, había que sufrir un poco para meterse en pódium. 

Foto: Panella Fotografía
Al inicio de la segunda vuelta las cosas se pusieron tensas, y en el kilómetro 7, Villarmin (2h:24’ en maratón ¡casi nada!) lanzó su ataque. Pedrouso salió detrás y yo me quedé con Jordán y Juanjo. Si este ataque hubiese sido a falta de uno o dos kilómetros, habría reaccionado, pero estábamos en el kilómetro 7 y no tenía las mejores sensaciones. Sin volverme loco fui cerrando el hueco con Pedrouso hasta pillarlo en el giro del faro. En ese cambio Juanjo cedió, y nos quedamos solo tres para luchar por el segundo y tercer puesto, porque Villarmin tenía dos marchas más y seguía aumentando la diferencia.

Foto: MV Foto
Camino de Oviñana empezó el juego de estrategia que tanto me gusta. Ataqué en una pequeña bajada y Jordán salió conmigo dándole continuidad al cambio. Esto permitió descolgar a Pedrouso y quedarnos los dos solos. Ahí ya me veía un poco justito y sufrí más de la cuenta para aguantarle. Apretando los dientes conseguí llegar con Jordán al último kilómetro. No me quedaba mucho gas en las patas, y agradecí el parón que hicimos a falta de esos 1000 agónicos metros. Nos empezamos a vigilar, quizás demasiado, pero creo que los dos necesitábamos ese respiro. Confiando en mi último cambio de 300 o 400 metros fui dejando pasar el tiempo y, a dicha distancia, ataqué, no a tope, sino progresivo, porque iba muy justo y no quería quedarme por el camino.

Foto: MV Foto
A medida que iba acelerando, veía como Jordán se cedía, pudiendo relajar un poco y entrar segundo en meta, con un tiempo de 32’:40”, casi la misma marca que en Laredo. Aunque el recorrido era 100 metros más corto, también era mucho más duro. Buen ritmo para haber sido una carrera táctica. Creo que no estaba para mucho más y lo de Laredo lo noté bastante. Además, tener compañeros como Juanjo y Pedrouso, que llevaron siempre la iniciativa de la carrera, y Jordán, que apostó fuerte en los últimos dos kilómetros, da más mérito al resultado.


El fin de fiesta se puso con el reparto de más bolsas de centollos y otros premios para los primeros de cada categoría. Tengo claro que hace mucho más el que quiere que el que puede, y la organización de Oviñana lo demostró ¡Chapeau y gracias por todo!



Nos vemos en la siguiente….

martes, 19 de marzo de 2019

10 KM DE LAREDO 2019: ¡Santa petada!


Cuando te hubiera gustado que los 10 km de Laredo hubiesen sido 5, y no 10, significa que algo ha ido mal.

Laredo amaneció, la mañana del sábado 16 de Marzo, regalándonos el mejor día posible para correr. Tiempo soleado, temperatura de unos 14 grados y nada de viento. Todo apuntaba a que, durante ese día, la villa pejina se convertiría en el lugar más rápido del mundo. ¡Qué os voy a decir que no sepáis de los 10 km de Laredo! Atletas de toda España vienen cada año con el objetivo de batirse a sí mismos y luchar contra el crono. 



Yo llegué a Laredo con más ganas que dudas, aunque estas últimas estuvieron presentes. Si bien es cierto que hace un mes veía factible rebajar la barrera de los 32 minutos y mejorar mi anterior marca (32:30 en 2014), el día "d" la perspectiva había cambiado. Llevaba cuatro semanas bastante flojas de carrera a pie. En la Media de Siero me encontré bien, pero fue un espejismo de lo que luego era el día a día de entrenamiento. Además, ver cómo eres incapaz de seguir a tus compis de entreno, aunque en cierto modo invita a esforzarse más, llega un punto que también se hace duro. Pero yo soy cabezón, y optimista por naturaleza. Me convencí de que el 16 de Marzo estaría en la salida de Laredo al 100%. Y así fue.

Las sensaciones en el calentamiento eran espectaculares, tan buenas e irreconocibles que me asustaba lo que pudiera salir de ellas. Calenté con los compis del grupo de Ricardo, los dos Adrianes y Nacho, y tras calzarme las voladoras nos pusimos todos juntos en el segundo cajón de salida. Estaba todo listo para que 2300 corredores lucháramos por ganarnos a nosotros mismos. La intención inicial era intentar ir los dos "Adris" y yo juntos. Sé que por lo visto en los entrenos estoy un paso y medio por detrás de ellos, pero ese día, a esa hora me creía capaz de todo. ¡Me la jugué!


Se dio el pistoletazo de salida y esos 5 segundos que tardamos en ponernos en marcha se me hicieron eternos. Cuando la marea humana de mi alrededor empezó a moverse, comenzaron las hostilidades. En 10 metros, justo delante de mí, me encuentro dos caídas. Salto por encima y evito, de milagro, irme también la suelo, mientras noto como otros corredores no pueden salvar a los accidentados y tocan el asfalto. Llevamos 20 metros de carrera y siento que hemos pasado lo más difícil. Ahora solo toca mover las piernas.



Con el lío de las caídas pierdo de vista a mis dos compañeros de viaje. Corro de cara al sol, cegado por el precioso atardecer en el paseo marítimo de Laredo, aunque esa ceguera no me impide localizar a Adrián Rodríguez. Veo que está justo delante y le voy cogiendo. Ha salido a su ritmo, al que sabe que puede aguantar 10 km. Yo voy sin conocimiento y le paso por la derecha. No sé si se da cuenta, pese al intento hacerme ver. Tiro para adelante, superando corredores en el primer kilómetro. Aunque llevo reloj, no pienso mirarlo, no pienso comerme la cabeza con los tiempos, voy a hacer caso de mi cuerpo, que siempre ha sido mi mejor cronómetro. Pero en ese intento de aislarme del mundo, me doy de bruces contra la cruda realidad, "¡Primer kilómetro 3:01'/km!", oigo gritar a más de uno cuando pasamos por la primera pancarta. "¡Mierda! ¿Pa qué lo cantáis?" Realmente yo paso un poco más lento de lo que decían, pero aún así, voy rápido. 



Sigo corriendo y adelantando gente sin conocimiento ¿pero a qué ritmo salen estos? Paso el km 2 a 3:05'/km y voy súper atrás. Lo mismo el km 3, 3:05'/km, y no veo el final del largo pelotón que me precede. ¡Esto es Laredo señores! Decido bajar el pistón del 3 al 4, y es ahí cuando mi compi Adrián Rodríguez me adelanta. No hay mejor incentivo que este para volver a ritmos locos, así que aprieto el culo en la recta abarrotada de gente para encarar la segunda vuelta y pasar por el ecuador de la prueba ¡Otro kilómetro a 3:05'/km! (os recuerdo que yo no iba mirando el reloj, esto lo supe a posteriori). Las sensaciones era espectaculares, nunca me había visto así de suelto muscularmente, y llevando el cuerpo al límite. Pero... ¡ay amigos! llevar el cuerpo al límite tiene un precio, y lo iba a pagar muy caro.



Sin previo aviso, sin notar ningún síntoma, al poco de pasar el punto kilométrico 5 exploto. Exploto como nunca antes. En 1 minuto empiezo a bajar el ritmo y a notar que voy muy agitado de respiración y cardiovascularmente "¿Qué está pasando?" ¡Y todavía queda la mitad!. "Si sigo así me muero", pienso, pero por otro lado mi cabeza me dice que mejor morir matando. Voy al límite y empiezan a pasarme corredores, entre ellos Adrián Briz. Le animo, pero no puedo seguirle, aunque voy sufriendo como un perro. 



El kilómetro 6 no llega y pienso en retirarme. Pero ¿Cómo voy a retirarme? ¡Va contra mis principios! Y para un día que había salido valiente y arriesgando había que morir matando. En el 6 el ritmo se me va muchísimo, y no digamos en el 7 "¿¡Quedan 3!? ¡No llego!" Sigo viendo como me pasan por los dos lados. Tengo la sensación de ser el Minardi de Laredo. Los 10 km se han convertido en "5 de bonanza + 5 de tortura". Cuando paso por la pancarta del kilómetro 8 creo que mi cuerpo ya se ha acostumbrado a la agonía y sigue por inercia. Encaro la recta llena de gente antes de hacer el último bucle hacia meta. Si en la salida nos cegaba el sol, ahora me ciega el "pelotazo" que llevo. Pienso en qué pensarán los conocidos que me están viendo pasar con esa cara de muerto y ese ritmo de Minardi. Oigo a Ricardo y los niños animarme ¡Qué vergüenza de final de carrera!

Llego al último kilómetro suplicando no desvanecerme, la cabeza ya no funciona, las piernas se mueven, no sé cómo ni quién las hace moverse, pero se mueven. Encaro la recta de meta y cruzo el arco. ¡Se acabó! ¡Qué salvajada de sufrimiento! Sin duda los 32:30 que marco en meta (exactamente la misma marca que tenía) no hacen justicia al grado de agonía alcanzado. 



Sé que hice mal, salí a ritmo de bajar de 31:30 y acabé pidiendo la hora. Si hubiese sido más conservador, quizás habría rozado los 32' sin tanto esfuerzo, pero bueno ¿Hemos venido a jugar, verdad? Aposté fuerte y salió rana, pero saco muchas conclusiones de esta carrera. Por la parte positiva, me quedo con el hecho de haber sabido llegar al 100% muscularmente, tan al 100% que no supe identificar mis límites y me pasé. También me quedo con la capacidad de sufrir 5 kilómetros a unos niveles de agonía que jamás había experimentado. De la parte negativa, de la que también se aprende, saco como conclusión que no supe rendir al máximo para, como yo siempre digo, llegar lo más rápido posible del punto A, al punto B, y no al punto A', como sucedió. Experimenté sensaciones nuevas y de mucho contraste que me van a sumar mucho en mi curva de aprendizaje deportivo.

Y antes de cerrar la crónica de "lo que pudo ser y no fue", quiero dar la enhorabuena al dúo sacapuntas, a Adrián Rodríguez, por el CARRERÓN que se marcó, haciendo 31:30 y siendo 3er cántabro en meta (tiene mucho mérito un pódium en Laredo, Adri), y a Adrián Briz, que, aunque creo que vale un poquito menos de la marca que hizo, 32:06, también se cascó un carrerón. A veces uno busca la forma de verse delante en la clasificación y puede quedarte el consuelo de haber sido el primer "Pelayo" en meta... ¡A no! que hay otro Pelayo que es un cohete y ha hecho saltar todos los radares de Laredo. Pela, ¡ENHORABUENA, por ese 31:17! Sencillamente espectacular. Me quito el sombrero.

Y para celebrar la petada de algunos y las marcas de otros nos fuimos de cena por Laredo. El post carrera con Pablo, Pela, Capi y el resto de la expedición asturiana hizo que mereciera muy mucho la pena quedarse por allí.

Enhorabuena por leer este tostón y ¡nos vemos en la próxima!

martes, 5 de marzo de 2019

MEDIA MARATÓN DE POLA DE SIERO 2019: ¡Ni un "putu" metro llano!


“Pa cuatro días que me quedan en el convento…”

Correr la Media Maratón de Pola de Siero a tan solo 2 semanas de los 10 km de Laredo, puede que no sea la mejor forma de gestionar las fuerzas ni optimizar el rendimiento para dicha fecha. Pero yo necesito competir, necesito ese incentivo que dan las carreras, donde el dorsal camufla el cansancio, los dolores y el sufrimiento, y te hace rozar tus límites. En definitiva, si me lo paso bien compitiendo, si soy feliz de esa forma ¿Por qué no hacerlo? Y con esas me inscribí a la, posiblemente, Media Maratón más dura de Asturias (de asfalto). Los 300 metros de desnivel positivo acumulado a lo largo de los 21 km de recorrido entre la Pola y Sariego lo confirman.

Después de los 10 km de Oviedo- Las Caldas me puse malo, y durante tres semanas he arrastrado un catarro que no acababa de irse. El catarro vino y con él se fueron las buenas sensaciones entrenando. Durante tres semanas no conseguí acabar ni un solo entreno de los duros, y precisamente por eso me apunté a Siero, para olvidarme de las penurias semanales y disfrutar de la carrera.

Sin ninguna expectativa de resultado o tiempo, más allá que darle caña, nos plantamos en línea de salida junto a más de 400 atletas. Varias caras conocidas y con opciones de triunfo o de dar guerra en puestos de cabeza: Moha, Raúl, Javi Mier, Fran, Jorge, Manu, Maxi… Estas son las típicas carreras en las que la diferencia entre quedar tercero o décimo lo deciden pequeños detalles. Mucha igualdad a priori (salvo los dos primeros), lo cual motiva mucho más. De antemano sé que aún no estoy en mi peso y meterme en una Media en la que son todo cuestas significaba enfrentarme a un escenario más hostil. Pero lo difícil motiva, así que ¡a por ello!



A las 10:30 se dio la salida. Acostumbrado a inicios lácticos de carreras de menos de 10 km, la salida de la Media de Siero me pareció muy muy tranquila. Dimos la primera vuelta por el pueblo todos juntos, al ritmo de Raúl y Jorge, antes de enfilar la subida que nos sacaría de la Pola en dirección a Sariego. No fue hasta el km 2 cuando cada uno fue tomando posición. Raúl, Moha y Jorge se fueron con facilidad. Detrás de ellos salió Maxi, y yo me quedé descolgado en la primera cuesta, tratando de no hipotecar la carrera en los primeros kilómetros. Enseguida me pude hacer una idea del grupo que me tocaba. Javi Mier, Fran, David Belver, Iván Martínez y yo formábamos el quinteto perseguidor de los cuatro de cabeza.

Foto de "El Fielato"
Como el recorrido no tenía ni un solo metro llano, eran todo repechos cortos de subida y bajada, el ritmo era muy dispar. En las bajadas me iba unos metros por delante del grupo, y en las subidas me pillaban y me soltaban unos metros, yo siempre con la mente fría, sabiendo que al llegar arriba les podía volver a pillar. Al paso por el kilómetro 5 vemos como Jorge, que iba en cabeza, vuelve caminando. Se acaba de retirar uno de los favoritos, y eso aumenta las opciones de todos de optar al pódium (hasta el 5º en esta prueba).

Foto de "El Fielato"
El primero en quedarse del grupo es Iván, así que ya solo somos 4 los que a priori nos vamos a disputar las 4ª y 5ª plaza. Los kilómetros van pasando con la misma dinámica, me quedo en las subidas y engancho en las bajadas. Pero en el kilómetro 7 abro un poco más de hueco bajando y luego ya no me pillan subiendo. Esto me permite comenzar a distanciarme del grupo, pero sin la sensación de haber acelerado ni de haber metido una marcha más. Las sensaciones son buenas y preveo una carrera en solitario, que, con todo lo que queda, puede hacérseme larga. Pero mis temores de quedarme solo desaparecen cuando en el km 9 Fran llega desde atrás como un tiro y me engancha. Viene mucho más fuerte pero me da la sensación de que baja el ritmo al alcanzarme, porque soy capaz de seguirlo, forzando un poco, pero lo sigo. Llegamos juntos a la Vega de Sariego, punto de giro en el kilómetro 11. Lo peor está superado, de ahí al final, aunque no deja de haber repechos, la tendencia es descendente.

Foto de Tano González
Fran y yo afrontamos el regreso juntos, pero soy consciente de que él tiene una marcha más que yo no tengo. Y esa marcha la aprovecha en el kilómetro 13, precisamente en un repecho, y se empieza a ir. No puedo seguirlo, y me limito a ver como la mancha amarilla del Saporo se hace cada vez más pequeña.

Me quedo en quinto lugar en tierra de nadie. No las tengo todas conmigo. Javi y David son muy constantes y como me despiste me pillan. Al poco de soltarme Fran, noto que muscularmente empiezo a ir justo. Es el km 14, y decido tomar el gel que llevaba, pero al intentar abrirlo con la boca se me escurre de las manos y lo pierdo ¡Mierda! Esta vez sí que preveo que la he cagado. Faltan 7 kilómetros que pueden hacerse eternos si muscularmente empieza uno a flojear.



Trato de concentrarme en cada zancada y pensar en todos los entrenos en ayunas que llevo hechos. Noto que mi cuerpo empieza a cambiar el tipo de “combustible” y reduce el consumo de glucógeno para tirar más de grasas (tranquilos que aquí hay “diesel” para largo). Sensación muy entrenada y conocida, que, pese a no ser agradable, no me supone ningún agobio. Sé que si me mantengo en zona sub-umbral de pulso voy a llegar sin mermar el rendimiento. Solo tengo que evitar calentarme en los repechos y ser constante.

Los últimos kilómetros no son fáciles de gestionar, entre la sensación de ir vacío, el tener que regular y la presión de los que vienen por detrás. No quiero girar la cabeza hasta falta de 1 km. Cuando lo hago, ya entrando en La Pola y tras coronar el último repecho, me percato de que nadie me sigue de cerca, así que los últimos metros por las calles de la Pola los disfruto mucho para entrar 5º en meta y 3º Sénior, con un tiempo de 1h 14’ 17”, creo que bastante decente para los 300 metros positivos que tenía la prueba.



Moha y Raúl comparten victoria con algo más de 1h 12’ 30”, tercero es Maxi y cuarto Fran. Yo me voy contento con las sensaciones, el puesto y el ambiente tan genial que hay en estas carreras.



¿Habré hipotecado la preparación de los 10 km de Laredo? Es posible, pero…

¡QUE ME QUITEN LO BAILAO!

Buenos entrenos a todos y, recordad, lo más importante del deporte es DISFRUTARLO

jueves, 14 de febrero de 2019

10 KM OVIEDO - LAS CALDAS 2019: ¡Vuelta a los orígenes!


¡Qué bien sienta volver a ponerse un dorsal!

Hacía tres años que no participaba en la carrera de 10 km Oviedo-Las Caldas, una de las citas ya míticas del calendario atlético asturiano y que se caracteriza por su pendiente favorable durante todo el recorrido que anima a conseguir grandes marcas.

En 2015 fui segundo y en 2016 también. Este año la historia es bien distinta. Llevo ya unas semanas entrenando bien, tengo más ganas que nunca y las sensaciones son cada vez mejores, pero sé de dónde vengo y por lo que he pasado en este tiempo alejado de las carreras, así que, sin otro objetivo que disfrutar sufriendo, me puse el dorsal 323 para competir por mis zonas habituales de entrenamiento cuando voy a Oviedo.

Hace ya tiempo que dejé de preocuparme por quién corre, por quienes son los rivales en cada prueba y por saber las opciones reales de hacer buen puesto. Esta nueva mentalidad ha hecho que focalice ese esfuerzo en lo que realmente importa, en correr, en dar el 100% de mí mismo y en terminar satisfecho de haberlo dado todo.

Calentamos en la recta del CAU Marta, Pablo, Javi y yo. Minutos antes de la salida, mientras activábamos a trote "pachanguero", bromeábamos sobre la posibilidad de hacer pleno y subir al pódium los cuatro… “Dios los cría y ellos se juntan”, porque al final cumplimos nuestro pronóstico. El mayor incentivo: las moscovitas, premio habitual de esta carrera y que bien merecen un calentón.
Con puntualidad nos fuimos colocando bajo el arco de salida en una lluviosa, fresca y ventosa mañana. El día no era el mejor para correr, pero como digo siempre, las condiciones son iguales para todos, así que no es excusa. De las dos líneas de salida alternativas, me coloqué en la de la izquierda, quizás menos resbaladiza que la del otro lado de la Iglesia Redonda. Ambas salidas se juntarían a los pocos metros. Me puse en primera fila, al lado de Pablo, e identifiqué a quien sabía que iba a ganar, a Borja Jerónimo. Pero yo a lo mío.

Foto de Miki López (lne)
Salimos fuerte para coger posición y evitar golpes. Si bien en otras carreras (San Silvestre, por ejemplo), me cuesta mucho no verme desbordado en los primeros metros, aquí no me costó nada estar en cabeza cuando nos juntamos con los de la salida de la derecha. Desde el inicio Borja puso la directa y se fue solo, a su ritmo. Bajó por González Besada abriendo hueco y únicamente un corredor de camiseta rosa, al que no conocía pero que resultó ser el gran atleta leonés Jorge Manuel Pérez Díaz, hizo ademán de seguirle. Yo me vi corriendo con gente de mi mismo nivel, como Pablo Camino, Manu Álvarez Prado, Juan Manuel Pezón, Javier Mier o José Piqueras. Bajamos por las curvas del Parque de Invierno marcando un primer kilómetro a 2:58… No está mal. Cuando llegamos a la senda de Fuso, Manu Álvarez (Piloña) tomó la iniciativa, y fue entonces cuando se me cruzó el cable e hice algo que jamás había hecho ante una circunstancia como aquella: cambiar el ritmo e irme solo desde el kilómetro 1,5. Con el viento en contra que iba a soplar todo el recorrido, era arriesgado optar por esta opción. De hecho, no sabía si estaba cavando mi tumba o construyendo mi gloria, pero, las ganas de probarme superaron al “pepito grillo” de mi cabeza que siempre me manda guardar.

Foto: Pedro Pablo Heres

Sorprendentemente me sentí muy bien corriendo en solitario y, poco a poco, fui abriendo hueco con los de detrás. Aunque evitaba mirar, cada vez oía más lejos sus respiraciones, hasta que a la altura de la estación de la Manjoya dejé de oír los pasos que me seguían. Fue entonces cuando me centré en pillar a por Jorge Manuel Pérez. Metro a metro, muy poco a poco, fui reduciendo la ventaja de 10 segundos que me sacaba, y conseguí llegar donde él en el km 6. Respiré 20” a su estela y tras animarle para intentar ayudarnos mutuamente y darnos relevos, vi que yo aún tenía una marcha más, así que seguí a mi ritmo, camino de Las Caldas. Al ver que se quedaba me animé un poco y marqué unos parciales un pelín rápido que, a partir del km 8 empecé a pagar.

La gasolina iba al mínimo cuando se terminó la senda y comenzó la bajada por el campo de golf. Sabía que la ventaja con el tercero era mínima y mis fuerzas menos todavía, pero iba a vender caro el puesto. El último kilómetro se me hizo eterno, sentía como Jorge y Manu se me echaban encima, hasta tal punto que, a 200 metros de meta, giré la cabeza y lo comprobé por mí mismo. Ir tan jodido como iba y darme cuenta de que los de detrás venían esprintando para disputar el tercer puesto (o el segundo, conmigo) me hizo sacar fuerzas de debajo de las piedras y sufrir como no recordaba en los eternos 100 metros finales de subida hasta el arco de meta, donde entré segundo y ¡MUERTO!

Foto de MV Foto
Lo di todo, aposté a caballo ganador y me salió bien. Pero, sobre todo, marcar 31’:39” en un 10 km (que era algo más de distancia, aunque cuesta abajo casi todo) y volver a pisar un pódium absoluto casi dos años después, me dan una motivación y unas ganas de seguir disfrutando del atletismo que hacía mucho que no sentía.

Y lo mejor de todo, el ambiente post carrera. El “Team CAU” hizo casi pleno, los cuatro del calentamiento nos llevamos Moscovitas (Marta 1ª absoluta, Javi 1º Veterano, Pablo 2º Sénior y yo 2º absoluto), además de Pelayo Pozo, que quedó 3º Sénior.





Y con este calentón me despido, probablemente, hasta dentro de 5 semanas, en los 10 km de Laredo, donde voy a intentar rebajar mi mejor marca oficial de 10 km de 32’:30”, hecha en el año 2014.

¡Salud y buenos entrenos!

martes, 1 de enero de 2019

SAN SILVESTRE DE OVIEDO 2018: La mejor forma de acabar el año


¡Qué fácil es volver a sentarse un 1 de Enero a escribir las primeras líneas del año sobre nuestra querida San Silvestre! Creo que todos los ovetenses que compartimos y sufrimos kilómetros por nuestra ciudad coincidimos en que no hay otra carrera como esta en todo el año. Empiezo 2019 sin poder aún creerme cómo terminó 2018. Correr estas Navidades estaba a años luz de mis posibilidades hace poco más de 3 semanas, y me alegro de haber apartado mis prejuicios y mis miedos, y haberme puesto el dorsal para despedir el año en la San Silvestre de Oviedo.

Por otro año repitiendo esta foto
No hay nada mejor que tocar fondo para valorar cada pequeño paso, reforzar la confianza y multiplicar las ganas. Y es que este año y medio alejado de las carreras ha sido el mejor estímulo para volver con más ilusión que nunca. Es muy fácil adaptarse al éxito, pero nadie nos enseña a adaptarnos al fracaso. De las carreras de estas Navidades me llevo una gran lección, y es que, a veces, un pasito atrás es el camino para dar dos hacia delante y valorar infinitamente más cada pequeño logro.

Más que números, ilusiones
Tras la carrera de Nochebuena de Gijón y la de los Inocentes de Arriondas, me volví a poner el dorsal 6 para correr la San Silvestre de Oviedo. Casualidades de la vida, me tocó el mismo número con el que había ganado en 2015. Esta vez iba con un objetivo completamente distinto, pero con más ganas incluso que en aquella ocasión. Consciente de mis limitaciones pero agradecido por haber sido capaz de sobreponerme a ellas, nos citamos en el mismo semáforo de siempre, a la misma hora de siempre y el mismo día de siempre Miguel y yo, para bajar juntos hacia la zona de carrera. ¡Qué sería de la San Silvestre sin esta tradición que repetimos casi ininterrumpidamente desde el año 2009! 

Aprovechamos el calentamiento para recorrer parte del circuito y examinar la nueva zona de meta, situada frente al teatro Campoamor. La bajada por la adoquinada calle San Francisco, a 400 metros de la meta, me hizo ver dónde podía ganarse alguna posición. Estaba mojada y resbalaba mucho, por lo que lanzar un ataque en esta zona era inviable. Habría que entrar abierto en la curva anterior y coger ya en velocidad la zona mojada. Elucubraciones mentales que me gusta hacer antes de competir y que, a veces, resultan útiles, como fue en este caso.

Mi sitio, mi sueño. El momento más especial del año.


Los pelos de punta en los prolegómenos de la salida. Ya solo con disfrutar de ese momento había merecido la pena tragarme el orgullo y decidir correr. Los progresivos en la recta de salida se mezclaban con abrazos de reencuentros con amigos del atletismo. Son muchos los abrazos repartidos en esos minutos previos a la salida y las sensaciones de estar en el lugar que realmente quieres.

A las 18:15 nos situamos los 5000 corredores tras el arco de salida. Me puse en primera fila, no sé si merecedor de ella pero necesitaba volver a sentir esa adrenalina ¡¿Quién me lo iba a decir, pocas semanas atrás, que iba a estar ahí?! A mi derecha varios de los candidatos a la victoria: Alberto, Moha, Hugo, Onís, Ciro, Pela... Les miraba con nostalgia y con la ilusión de poder, en próximos años, estar pegándome con ellos. Pero mi lucha era otra: la batalla a librar era conmigo mismo, con poder demostrarme que había merecido la pena ponerme el dorsal.

Salida. Foto: La Nueva España
Salida trepidante. Enseguida me veo desbordado por todos los lados y antes de curvar hacia la subida de Toreno calculo que son más de 100 los atletas que me preceden. Manteniendo la mente fría y evitando los calentones, fui viendo como, poco a poco, la gente iba cediendo en la cuesta. Recuerdo también echar el ancla a mi amigo Carlos, que me adelantó al inicio de la subida a un ritmo desbocado... Estos excesos se pagan muy caro en Oviedo. Coroné Toreno a ritmo, y en la bajada por la calle Cervantes empecé a dibujar el panorama. A unos 30 metros por delante se había formado un grupo donde iban, entre otros, Pablo Camino, Mario o Luís Díaz Grueso. Sabía que ese iba a ser el segundo "vagón" de carrera, tras los 8 primeros que se iban a jugar la victoria y están dos puntos por encima. Apreté en la calle Independencia y, frente a la Escuela de Minas, conseguí engancharme al grupo. Éramos unos 10 y el ritmo parecía "sufridamente asumible", vamos, al límite de mis posibilidades.

Sé que no tengo el ritmo de Pablo y Mario, pero me pareció que la "marcheta" que llevaban podía aguantarla. El pequeño calentón para enganchar me hizo sufrir mucho en el transcurso de Melquiades Álvarez y Covadonga, hasta llegar a la curva de la calle Paraíso, donde, más o menos, pude respirar. ¡Y menos mal! porque al terminar la calle Paraíso empezaba mi suplicio: 1,5 km de subida donde mi gran amiga, la gravedad, alimentada por mi sobrepeso, iba a joderme bien jodido. La empinada calle de Marqués de Gastañaga me puso en mi sitio y me descolgué unos metros del grupo. "¡A ritmo Pelayín, a ritmo!". Y a ritmo, no sé cómo, volví a contactar antes de llegar a la plaza San Miguel. Solo me quedaba el último envite hasta el auditorio y estaba hecho. 

Grupeta de este año. Un placer sufrir juntos.
De ahí a meta 2 km predominantemente de bajada. Cuando conseguí llegar al auditorio a cola del pelotón de 10 en el que iba, supe que había opciones de luchar por un buen puesto. Nos estábamos jugando del 9º al 20º aproximadamente.

Bajamos un tramo de Federico García Lorca y cuando giramos hacia la plaza de España siento que he recuperado muy bien y me noto con fuerza. Estuve a punto de pegar un cambio en ese tramo, pero no tengo la confianza ni sé hasta dónde puedo tirar todavía, así que guardé fuerzas para el final. La calle Santa Susana, que "pica p´arriba" la pasamos no demasiado rápido. Me empecé a poner nervioso cuando vi que ni siquiera en Fruela la gente quería mover el árbol. Tan solo 700 metros a meta y seguíamos a ritmo. Situación perfecta para poner en práctica lo pensado durante el calentamiento. Me dejé caer a cola de grupo en la calle Pozos, me abrí mucho en la curva con San Francisco y arranqué desde atrás sin pensármelo hasta meta. El factor sorpresa pareció funcionar, pues tras sobrepasar a todos los integrantes del grupo y girar la cabeza, vi que había abierto un pequeño hueco. Me exprimí al máximo, las sombras de Mario y Pablo venían muy cerca, pero la jugada me salió bien y me pude colar en meta 9º y el primero del grupo donde corrí toda la prueba.

Con el ganador de 2025

Tu día, Moha, ya te lo he dicho, pero te lo repito: tienes que estar orgulloso de lo que has hecho
¡Otra sorpresa más! Si me dicen que iba a quedar entre los 10 primeros este año en las condiciones que competí, habría tildado de loco al que me lo hubiese dicho. Pero no sé qué tiene esta carrera que saca el 1000% de lo que tengo y cada año que corro me sorprende.

No le puedo pedir más al final de 2018, pero sí al 2019 que empieza: disfrutar del camino hasta volver a ser competitivo.

¡Nos vemos el año que viene, querida San Silvestre!

martes, 25 de diciembre de 2018

Carrera de Nochebuena de Gijón 2018: ¡ESTAMOS DE VUELTA!


"Valora las cosas no por lo que son, sino por lo que significan"

Esta frase que un día leí a un buen amigo del gremio del atletismo es la que mejor define la sensación que he tenido hoy nada más cruzar la meta en la carrera de Nochebuena de Gijón.

Más de un año sin competir ha hecho que hoy me sintiese como un debutante, con la ilusión del no saber qué va a salir. Durante esta etapa alejado de las carreras y del ritmo frenético de entrenamientos, alimentación, etc. me he dado cuenta de lo mucho que me ha dado el deporte y de lo mucho que quiero que me vuelva a dar.

Pero no estoy de vuelta para aburriros con mi historia, ni llorar mis penas. Solo los más cercanos saben la transformación que he tenido durante este año, los altibajos y lo que me ha costado decidir ponerme un dorsal pese a no sentirme en condiciones de repetir puestos o ritmos del pasado. Pero lo hice, vencí ese muro lleno de prejuicios que supone volver a hacer una actividad que te gusta en peores condiciones que antes. Hoy estoy más feliz por haber superado esa barrera, que por cualquier victoria. Todo lo que venga de ahora en adelante es un regalo; y este, en particular, es digno de una crónica en "corriendo por lo segao".

Salida masiva en Gijón (Foto de La Nueva España)

Día de reencuentros en Gijón. Fui con Miguel hasta allí, donde nos juntamos con David y Chus. Los dos primeros ex compañeros de esquí y de fatigas en los "stages" veraniegos por los glaciares alpinos. Los prolegómenos de la carrera fueron un constante saludar y saludar. Tras cuatro meses sin correr por una lesión y con muchos (no digo cuantos pero muchos) kilos de más, llegué a esta carrera de Nochebuena. Sí es verdad que en el último mes y medio ya pude trotar regularmente, pero sin planificación, sin series, sin ritmos altos... simplemente por el hecho de hacer deporte. La defensa de la tesis doctoral también me tuvo entretenido en este periodo, por lo que salir a correr era una vía de escape ideal. La carrera de Nochebuena fue el incentivo que necesitaba para ponerme a entrenar en serio de nuevo.

Salí con la idea de rodar sobre 3:30'/km, si es que se podía, porque no tenía ni idea de mis capacidades. Pero ese desconocimiento también resulta atractivo e intrigante. Me considero una persona demasiado estratégica y que siempre he entendido y controlado mi cuerpo en competición, sabiendo hasta dónde sí y dónde no podía dar. Esta vez el escenario era completamente distinto, fui a ciegas. Y de ese desconocimiento salió un primer kilómetro a 3:20'/km. La salida masiva y los calentones que se mete la gente en esta prueba hacen que pasar el primer kilómetro a ese ritmo suponga ir por detrás del puesto 80. Pero las sensaciones eran muy buenas y a partir de ese momento me dediqué a ir poco a poco probando a subir la intensidad. Pasé los km 2, 3 y 4 en progresión y adelantando a mucha gente, y el 5º terminando a 3:07'/km, con la sensación de haber sabido sufrir lo justo y sorprendidísimo con el ritmo medio, 3:14'/km y vigesimotercer puesto.

Progresando (Foto de Adrián Fernández González)

Todavía me acuerdo se sufrir... (Foto de La Nueva España)
Aunque sea una mierda en comparación con lo que corría hace un par de años, vuelvo a la frase del principio, para mí significa mucho. Significa que mi cuerpo ha guardado, que mi cabeza tiene unas ganas de volver enormes y que si quiero puedo estar mejor que en 2015. Pero de momento vamos a ir en orden, sin saltarnos pasos, sin saltarnos etapas, porque hay mucho que cambiar todavía y disfrutando del camino.

Gracias a todos los que os habéis preocupado por mí durante este año apartado de las carreras, y gracias convencerme de que esta es mi vida y este es mi sitio.

¡Queda oficialmente abierta la veda de carreras de Navidad!